Plumas al cierzo

Íñigo

Domingo Alberto Martínez Martín nos escribe este relato breve

Domingo Alberto Martínez Martín
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A oscuras, así se encontraba Íñigo. No sabía qué hacer. El pequeño, pues oye; y eso que podría haber hecho un poco más…, ¡bastante más! Pero lo del mayor no tenía perdón de Dios. Todo el santo día con el móvil; con el móvil en la mano, no había tu tía. Y a estudiar, Rita. Así le iba en el instituto. Hala, que se lo había dejado clarito: se acabó el móvil hasta… hasta… Bueno, ya lo vería. Su mujer, con el brazo en cabres… carbestri… ¡el brazo roto, órdiga! Y su padre en el hospital con neumonía. En cuanto acabase con esto, corriendo al Reina Sofía.

Últimamente, no ganaba para sustos.

Los txistulares empezaron a tocar; y al son de la música, Íñigo lo vio todo claro. Agarró el armazón y lo levantó en volandas. Dio un pasito a la derecha, otro a la izquierda y giro. Él no era ya un Íñigo cualquiera, era Íñigo Arista, el gigante de cartón piedra y cuatro metros de altura que con sus bailes y vueltas hacía disfrutar a los niños de la plaza. Y también a sus padres.