Cada primero de diciembre, Fernando colgaba en el árbol el pequeño pájaro de vidrio soplado que su esposa había moldeado en su juventud. Era frágil, turquesa, con una fina veta dorada en el ala. Desde que ella faltaba, aquel adorno era lo único que colocaba con cuidado.
La primera noche, encontró el pájaro en el suelo y aunque estaba intacto, sintió pena; pensó que lo había colocado mal.
La segunda, volvió a verlo caído y le incomodó la repetición, aunque trató de quitarle importancia.
Pero no dejó de pensar en ello en todo el día, así que decidió quedarse pendiente, solo para ver qué pasaba. Cuando escuchó el leve crujido y lo encontró otra vez en el suelo, miró el reloj casi por inercia: era justo la hora en que ella solía quitarse los zapatos al llegar del trabajo.
La cuarta noche, todavía más atento, comprobó que el adorno había caído exactamente a la misma hora que el día anterior.
Fernando recogió el pájaro entre las manos. No sintió nada extraño, solo una calma tibia, como si ese gesto diminuto confirmara que ella —de algún modo— todavía cruzaba la casa.