Plumas al cierzo

El hada que tocaba el txistu

Raquel Sánchez Corcuera nos escribe este relato breve

Raquel Sánchez Corcuera
photo_camera Raquel Sánchez Corcuera

El primer recuerdo que tenía Sara, era de su padre tirando con furia la olla de comida, por el suelo de la cocina. Después recordaba a su madre, llorando en el cuarto de atrás, con el sol entrando por la ventana, como queriendo consolarla.
Sara no entendía por qué su padre era sonriente y amable fuera de casa, y dentro se convertía en monstruo.

Un día, Sara le gritó.
- ¡Eres un mostruo!
Entonces la mirada del mostruo cambió.
- ¿Ves cómo contesta tu hija a su padre? ¡Parece una vívora! - Comenzó su padre, dirigiéndose a su mujer. - Todo el mundo sabrá lo mala hija que eres. - Dijo, mirando con odio a Sara.
- ¡Eres un monstruo y un mentiroso! - Gritó Sara con más fuerza.
- ¡Respeta a tu padre! - Le gritó entonces su madre. Y le dió una bofetada.
Entonces Sara corrió, corrió lo más rápido que pudo. En la plaza estarían los txistularis y podría ver a la chica rubia que tocaba la mejor de todos. Era tan guapa y dulce que le parecía un hada.
Pero al llegar, el hada no se encontraba estre los músicos.
Escuchó entre los mayores la palabra leucemia, pero Sara no sabía lo que era. Entonces subió corriendo al monte, donde solía coger flores de más pequeña. Se sentó contra el tronco de un árbol y lloró. Pronto le acompañaron el frío, y la noche. Escuchó voces llamándole, pero reconoció la voz del monstruo y se acurrucó más contra el árbol.
Al cabo de un rato, oyó una voz dulce que le llamaba.
¡Era la chica rubia! Llevaba un vestido blanco que parecía brillar. “¡Sabía que era un hada!” Pensó Sara.
El hada la cogió en brazos y Sara dejó de tener frío.
- ¿Dónde vamos? - Preguntó la pequeña.
- A un lugar sin monstruos. - Le contestó el hada.
Sara sonrió.