Plaza Nueva

  • Diario Digital | martes, 24 de noviembre de 2020
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TUDELA

Aquellas tristes fiestas de 1871

Tendemos a pensar que lo sufrido en los últimos meses es algo excepcional y que nunca lo han vivido generaciones anteriores. Es, evidentemente, un error como se encarga de demostrar tozudamente la historia de las grandes epidemias. Lo mismo ocurre con el tema de las Fiestas Patronales, tan afectadas este verano. 

Vista del Muro tras la avenida del río Queiles en mayo de 1871
Vista del Muro tras la avenida del río Queiles en mayo de 1871
Aquellas tristes fiestas de 1871

Tendemos a pensar que lo sufrido en los últimos meses es algo excepcional y que nunca lo han vivido generaciones anteriores. Es, evidentemente, un error como se encarga de demostrar tozudamente la historia de las grandes epidemias. Lo mismo ocurre con el tema de las Fiestas Patronales, tan afectadas este verano. 

Se habla de que nunca en Tudela habían sido suprimidas las Fiestas Patronales, si exceptuamos, claro, el periodo de la Guerra Civil. Y nuevamente se equivocan, pues, a veces, ya fuese por motivos bélicos, climatológicos o de graves pandemias, los festejos profanos resultaron recortados, cuando no eliminados totalmente. Y no hace falta retrasar muchos siglos. Aquí traigo el ejemplo de lo ocurrido con las fiestas del año 1871. 

La inundación del 29 de mayo

En este caso no fue ninguna pandemia la que provocó una drástica reducción de los festejos, sino la devastación y miseria que todavía palpitaban a finales de aquel mes de julio. El shock había llegado dos meses antes, en la tarde del 29 de mayo cuando el habitualmente moderado Queiles, que discurre por el centro de Tudela, tuvo una de sus imprevisibles avenidas. A mediodía la lluvia caía mansamente sobre la ciudad, pero hacia las dos de la tarde el cielo ennegreció mucho por la zona del Moncayo y fuertes truenos y relámpagos acompañaron un intenso aguacero. Posteriormente, la vida ciudadana volvió a la normalidad y los viandantes se acercaban al Muro para observar la crecida de las aguas que, presurosas, se dirigían hacia el Ebro. De pronto, un ruido sordo y amenazador, procedente del camino viejo de Murchante, llenó de espanto los corazones. No podían creerlo, pero una ola enorme –cual furioso tsunami- cubría los olivos de los campos de Cardete y la Albea y avanzaba incontenible hacia Tudela. 

Gentes despavoridas entraron en la ciudad avisando del peligro y quienes pudieron, abandonando calles y casas, buscaron las alturas, mientras las campanas de las iglesias tocaban febrilmente a rebato. Todo eran gritos y voces buscándose unos a otros, que fueron pronto apagadas por el estrépito de aguas turbulentas que chocaron violentamente contra la Casa del Reloj. Ésta se convirtió en dique pues la maleza había cegado el arco de la Plaza Nueva y, a partir de ahí, el torrente, destruyendo cuanto encontraba a su paso, buscó salida por las zonas más bajas del casco viejo hasta llegar al Ebro. En algunas calles las aguas alcanzaron los ocho metros y se calcula que unos doscientos edificios se hundieron o resultaron gravemente dañados. El Muro, convertido en cauce del río, desapareció casi por completo y así lo atestiguan las fotos tomadas en los días siguientes. 

Pero no fue Tudela la única población afectada, pues la ola gigante arrasó el valle del Queiles llevándose por delante huertas, arboledas, sembrados y cosechas. Y con ellos los medios de subsistencia, por lo que la pobreza y miseria crecieron por doquier. Afortunadamente, y como tantas veces ocurre en España, todo el país se sumó en donaciones y colectas para remediar el desastre. Las Actas de Sesiones del ayuntamiento de Tudela están llenas, desde primeros días de junio, de apuntes sobre donativos del gobierno, instituciones religiosas y profanas, colectivos y particulares que acudían a la llamada angustiosa de los alcaldes, liderados por Victoriano Pablús, regidor de Tudela. 

Buena falta hacía pues tras la conmoción primera, urgía comenzar a reparar los cuantiosísimos daños, singularmente en las calles Muro, Concarera, San Julián y San Francisco, que habían resultado prácticamente destruidas. Inmediatamente se creó una comisión de obras presidida por el Ingeniero Luis Zapata, mientras la corporación municipal decidía en sesión del 2 de junio “que mientras duren las actuales circunstancias el Ayuntamiento celebre dos sesiones diarias que principiarán a las 10 de la mañana y a las cuatro de la tarde”. 

Informe de la inundación acaecida el 29 de mayo de 1871

Fiestas. ¿Sí o no? 

En aquellas circunstancias, ¿se plantearon los ediles suprimir las fiestas patronales? Es posible que, dado el ambiente de ruina y desánimo general, muchos dieran por hecha la suspensión de las mismas. Sin embargo, a pesar de que estamos a pocas semanas de Santiago y Santa Ana, si consultamos las Actas no vemos resolución alguna al respecto. Todo lo ocupa el objetivo primordial: recaudar fondos para reconstruir y devolver una cierta normalidad a la población. Habrá que esperar hasta la sesión del 15 de junio en que aparece una propuesta firmada por Aniceto Lizaso, ganadero de toros, de dar dos corridas los días 26 y 27 de julio, por 66.000 reales y, si hubiera superávit “entregarlo a las familias de Tudela que con motivo de la inundación hayan quedado en peor estado”. La corporación acuerda remitirla a los “señores ministros del Hospital para que informen sobre la totalidad del pensamiento”. Pero al día siguiente, consta una nueva instancia, esta vez de Benigno Luis y otros muchos vecinos, que solicitan al ayuntamiento que acoja la idea de Lizaso. Mientras tanto, y aunque los ediles seguían sin dar el visto bueno a las corridas, los interesados seguían moviendo ficha en Madrid, buscando toros y toreros. Las noticias llegadas el 20 de junio, señalaban que sólo quedaba libre el diestro Salvador Sánchez “Frascuelo”, el cual estaba dispuesto a torear con su cuadrilla dos corridas, una de ellas gratis, en atención al duro momento de Tudela. Pero el ayuntamiento tenía otras ocupaciones más perentorias que atender, como buscar cobijo y comida para las familias que habían perdido sus casas, heredades y cosechas, o cuidar que no hubiera nuevas víctimas pues los edificios seguían desplomándose. Así ocurrió el 5 de julio, cuando las casas 20 y 21 del Muro dieron un susto de muerte al venirse abajo, a pesar de que no estaban declaradas en ruinas. 

Pero el tiempo avanza y cada vez queda menos para Santa Ana. Por fin, en la sesión del once de julio el secretario lee el informe enviado desde Madrid por tres miembros del ayuntamiento, encabezados por el Marqués de Huarte, dando cuenta de las gestiones realizadas para conseguir toros de muy acreditadas ganaderías: Carriquiri, Elorz, Díaz, y Viuda de Zalduendo, a lidiar por Frascuelo. El coste total, después de ciertas rebajas, ascendía a 58.800 reales. Esperaban, sin duda, el visto bueno “por ser dicho presupuesto el más equitativo de cuantos se hacen en la actualidad, debido a la filantropía de los Sres. que se dejan mencionados.” Discutido y puesto a votación el asunto, se rechazó por el grave riesgo de pérdidas que comprometía todavía más la situación calamitosa de las arcas municipales. Pero algo debió ocurrir en las horas posteriores puesto que, continuada la sesión al día siguiente, algunos cambiaron su voto y se mostraron favorables a celebrar las corridas. Aducían que los expertos estaban seguros de alcanzar superávit y, lo más importante, la opinión pública deseaba las mismas porque además de reanimar el ánimo de los tudelanos, vendrían forasteros que dejarían buenas pesetas. Por otra parte, el Casino dio un golpe de efecto al anunciar 2.000 reales para cubrir posibles pérdidas.

No convencieron a todos las razones, singularmente al primer alcalde Victoriano Pablús, el cual sabía por experiencia que los toros en Tudela generaban pérdidas – y acertaba, como veremos- y, lo más grave, temía que aquellos que acudían con generosos donativos, los retirasen al comprobar que se destinaban a diversiones. Como no atendiesen sus argumentos y el pleno aprobase dos corridas para el 27 y 28 de julio, presentó la dimisión del cargo que ostentaba desde enero de 1869. Sin embargo, no fue admitida por el resto de la corporación, aunque posteriormente acudió al gobernador civil quien le concedió una licencia de tres meses “por asuntos propios”. 

Estamos ya a mediados de julio y hasta el momento no hay más alusiones a posibles festejos. Sólo el 14, acuerdan “celebrar en un todo como el año pasado las funciones de Iglesia con motivo de la festividad de la Patrona”. Por el contrario, siguen los bandos a fin de normalizar la ciudad, como aquel que ordenaba a los dueños de casas que quitasen, en 24 horas, “todos los materiales y escombros que hay en calles y plazas, pudiendo ponerlos o depositarlos en el Paseo del Prado”. Al fin, de modo atropellado, en la sesión del día 24, (¡el día del cohete, hoy!) plantearon algo que huele a fiestas: las Barracas. El acta las denomina “tiendas de feria” y aunque los feriantes habían pedido ponerlas en la Plaza de la Constitución (Plaza Nueva), ordenan que, lo mismo que el año anterior, se coloquen alrededor de la plazuela de San Jaime, calles Rúa, Carnicerías y Concarera. También encontramos algo más curioso. Me refiero a las hogueras que durante siglos habían iluminado la noche anterior a ciertas festividades religiosas y que ya estaban en desuso. Puede que retornase la tradición dadas las circunstancias, pues en las fiestas de 1870 no hay constancia alguna. El acuerdo dice: “Se determina que la noche de Santa Ana haya hoguera tocando una hora la música de nueve a diez en las Casas Consistoriales”. Tampoco se olvidó, a pesar de la escasez de fondos, de “llevar a la Catedral según costumbre el refresco o ambigú para obsequiar al Ilmo. Cabildo”. En cuanto a las corridas previstas se celebraron los días 27 y 28, y a ellas acordó el ayuntamiento acudir en Corporación, acompañado de la banda de música.

Y esto es cuanto se hizo oficialmente en aquellas doloridas fiestas de 1871 marcadas por la feroz inundación de mayo. Apenas música, sólo una hora de baile en la hoguera de Santa Ana, y los gaiteros, cuyo hospedaje costó 144 reales, (dato que me aporta Jesús Marquina). Nada de fuegos artificiales, ni tampoco las habituales compañías de teatro y zarzuela que animaron el ambiente a lo largo del siglo XIX, bien estudiadas por el profesor Francisco Sierra y por Jesús Romé. Desgraciadamente, como había pronosticado el alcalde dimisionario, señor Pablús, las corridas no obtuvieron beneficios y sí un pequeño déficit de 394 reales. Es verdad que los munícipes, al hacer balance de las fiestas, en sesión del 2 de agosto, se consolaron al comprobar que el déficit era “insignificante con relación a los beneficios que el Pueblo ha tenido”. Sin embargo, la procesión iba por dentro y los promotores no debieron quedar muy satisfechos. Uno de ellos, el marqués de Huarte, por no gravar más las arcas municipales, decidió pagar de su bolsillo la cuenta de 562 reales referente al viaje a Madrid para gestiones del caso.

En resumen. Tristes y apagadas fiestas las de 1871 para una inmensa mayoría de tudelanos. Pero más que ninguna sufrió la familia Ruiz Jiménez, la cual según Mariano Sainz en Apuntes Tudelanos, había perdido cuatro hijos de corta edad, ahogados en su propia casa.