Plaza Nueva

  • Diario Digital | viernes, 14 de agosto de 2020
  • Actualizado 16:44

PLUMAS AL CIERZO

Zoom in Tudela

Domingo Alberto Martínez nos escribe este relato.

Zoom in Tudela

Para todas las enfermeras y el personal sanitario,
para todos los trabajadores del hospital Reina Sofía

–¡Ay, Maider!, dime la verdad. Me has pintao bien los morros, ¿no? Y el pañuelico qué, ¿eh?

Alicia acaba de cumplir 89 años (o, como ella dice, «soy más vieja que las cabras») y lleva tres semanas en el hospital. Aun así, no pierde la sonrisa y tiene la energía de una niña pequeña. Su nieta se sienta a su lado, al borde de la cama; junto a esa niña arrugada y traviesa de pelo blanco.

–Y que no eres tú impaciente ni nada, ¿eh? –suspira, abriendo el portátil.

Lo primero que ve Alicia es una foto de la Plaza de los Fueros, con el kiosco rodeado por una marejada blanca y roja. Maider clica en un icono. Cuando la aplicación se despliega ocultando el fondo de pantalla, siente cómo su abuela se agita entre las sábanas.

–¡Coño!, ¿y por qué no se ve ya el kiosco? –gruñe–. Mira a ver la hora, anda.

La pantalla se divide en celdillas. Aparecen caras («¡aupa!», «¡anda, Maite!»), se oye un guirigay de saludos. Carlos está en Lisboa, la tía Carmen en Zaragoza; los hay que se conectan desde Madrid o Pamplona. Nacho, el hermano mayor de Maider, y Keiko, su esposa, lo hacen desde Tokio. «Os voy a bajar un po… ¡menuda escandalera! Aquí no son ni las 6 de la mañana», aclara alguien.

–¡Arrea, el Joaquín! Pero qué pelao que, ¡y qué viejo! Si estaría aquí…

–¡Yaya! –exclama Maider, llevándose un dedo a los labios.

Alicia se encoge de hombros.

–Los malos ratos que debe darle la petarda esa –insiste–. ¡Chitón!, ¡chitón!

La prima Montse está en la plaza. Gira la tablet para que todos vean la Casa del Reloj y la pantalla se tiñe de fiesta. «¡Tudelanas!, ¡tudelanos!». Clarines, bullicio, un hervor de cabezas. «¡Viva santa Ana!».

Fssssssssss, ¡pum!

Mientras su nieta le anuda el pañuelo, Alicia alarga el cuello como una tortuga. No quiere perder ripio.

–¡Ay!, pero qué aldraguero es esto, ¿no? En cuanto salga pienso comprarme uno. Mejor que salir al balcón, ¡dónde va a parar!