- Tres siglos de historia: la capilla de Santa Ana de Tudela cumple 300 años desde su inauguración
- Etapas en la construcción de la capilla
- La solemne inauguración y sus fiestas
- El libro de Cuentas Municipales
- “El toreador del palo”, un antecesor de “Martincho”, pintado por Goya
- Mojiganga y castillo de fuegos
Tres siglos de historia: la capilla de Santa Ana de Tudela cumple 300 años desde su inauguración
La capilla de Santa Ana es, sin duda, la más visitada entre las que alberga la Catedral de Tudela. Y es raro hallar un momento en que “la abuela” se encuentre sola, sin devotos o turistas ansiosos de contemplar la magnificencia barroca del silente lugar. Precisamente estas fiestas patronales de Santiago y Santa Ana se cumplirán tres siglos desde que fuera inaugurada con todo boato y solemnidad, un 26 de julio de 1725.
Sugiero a quienes estén interesados en conocer mejor el templo, consulten el libro La Catedral de Tudela, editado en 2006 por el Gobierno de Navarra, el cual recoge trabajos de 22 especialistas que abordan una visión total y panorámica de su historia y arte. La capilla de Santa Ana contó desde el principio con el patronato del ayuntamiento que se encargó de su construcción. De ahí que, en el frontispicio de entrada, sobre la reja, aparezca el escudo labrado de la ciudad. Las obras comenzaron hacia 1712 y estaban ya concluidas a comienzos de 1725. No era la primera vez que la ciudad dedicaba una capilla a su patrona, pues hay noticia de que en 1680 se ubicaba ya en el hueco que aparecía bajo la “torre nueva”. Sin embargo, transcurrido el tiempo, aquel lugar parecía “angosto y lúgubre”; en suma, poco digno para la patrona de ciudad tan importante. Tengamos en cuenta que, como ha puesto de manifiesto el profesor Ricardo Fernández, eran tiempos en que las ciudades competían en el ranquin con su “plaza mayor” y también con la capilla de sus patronos.
Tudela, a comienzos del siglo XVIII, estaba orgullosa de su flamante Plaza Nueva (1691); sin embargo, veía cómo Pamplona y Estella, iban por delante con nuevas y suntuosas capillas dedicadas a los patronos San Fermín y San Andrés. Incluso su gran rival, Tarazona, había iniciado la reforma barroca de la capilla de San Andrés, en la catedral. Quizás por ello, y a pesar de que los tiempos no eran muy propicios, pues Tudela y su entorno habían sido golpeados duramente por la Guerra de Sucesión, tomó la decisión de embarcarse en el ambicioso proyecto de levantar una capilla que fuese la envidia y admiración de todos. Asombra aún más su osadía si reparamos que la reciente “plaza mayor”, asentada peligrosamente sobre el lecho del río Queiles, había provocado en 1709 la mayor catástrofe natural de la historia. En ella perdieron su vida 100 personas y la parte baja de la ciudad quedó arrasada. (Véase mi artículo en Diario de Navarra, 14/10/2009: 14 de octubre de 1709, “La noche de la ruina”).
Empero, nada detuvo la fe religiosa del pueblo de Tudela, que acudió a la empresa con limosnas y donaciones, tanto de sus vecinos como las enviadas por tudelanos que ocupaban lejanos e importantes cargos en la administración. Destacaron los donativos de Juan de Mur, caballero de Santiago, en fecha tan temprana como 1716, y el legado testamentario de la marquesa de San Adrián (1723) que levantó los ánimos cuando los cuantiosos gastos amenazaban con paralizar las obras. También el ayuntamiento se mostró activo, incluso endeudándose, previo consentimiento, eso sí, del Real Consejo.
Etapas en la construcción de la capilla
Los estudiosos distinguen tres etapas. En la primera, de 1712 a 1716, se eligió el lugar, se trazó el proyecto y se aportaron los diversos materiales. A continuación se levantó el edificio (1716–1720) y, tras una pausa, quizás por agotamiento de recursos, se retomó entre 1723-1725, finalizando con el retablo, yeserías, zócalo de piedra y la reja de entrada. En cuanto a los artistas que trabajaron en la obra, aparecen varios tudelanos, entre estos Juan Antonio Marzal y José de San Juan. Curiosamente, el actual retablo, que llama la atención por su singularidad, no es el mismo que se levantó para la inauguración pues según el profesor Javier Suescun (Revista Centro de Estudios Merindad de Tudela, 1999) fue sustituido en 1737, al no estar en consonancia con “la hermosura y ornato de la capilla”.
La solemne inauguración y sus fiestas
Desgraciadamente no parece que exista ninguna crónica contemporánea sobre los eventos vinculados a la solemne inauguración. Por ello hemos de acudir al libro Bocetos de Historia Tudelana, del canónigo y archivero Francisco Fuentes (1893-1959); por él conocemos los habituales y protocolarios actos oficiales por Santa Ana, a los que acudía el ayuntamiento, en traje de etiqueta, con maceros. La víspera de la festividad se daba a besar al pueblo la reliquia de la “abuela” y, al anochecer, se quemaba en la Plaza Vieja la tradicional hoguera. El 26 de julio, la misa solemnísima y la procesión constituían los puntos culminantes.
En la misa, el sermón a cargo de un predicador nombrado y pagado por el ayuntamiento era un momento esencial. Otro, lo llenaba la música ejecutada por la Capilla de la colegiata, compuesta en aquel tiempo por unos 15 músicos y que se reforzaba en momentos especiales. Constaba de maestro de capilla, organista, infantes o niños cantores, cantores adultos y los instrumentistas. La profesora María Guembero: La Música en la Catedral de Tudela, afirma que en 1725 ejercía de Maestro de Capilla, Diego Amillano, de larguísima trayectoria, pues permaneció en su cargo desde 1717 hasta octubre de 1749. Como organista hallamos a Diego de Cegama, natural de Arguedas, que alcanzó el cargo en propiedad en 1712 y se mantuvo en él durante 30 años.
Por otra parte, en los libros de Actas Municipales del ayuntamiento tudelano hallamos ciertos ecos que apenas disipan la niebla. Por ejemplo, sabemos que a principios de julio de 1725 la capilla estaba lista para la inauguración, puesto que el día cinco se nombra a Pedro de El Saso como vigilante que “asistiese todos los días al cuidado y asistencia de la capilla que ha fabricado a su patrona (…) respecto que estando abierta y sin persona que cuide de ella pueden causarse algunos daños en las fábricas de piedra y otras que se han hecho para su adorno y también sustraerse algunas alhajas de plata y otras preciosas que están destinadas para el hornato de dicha capilla”. En la sesión del día 12 se nombraron a dos miembros del ayuntamiento, los señores D. Juan Antonio Jarreta y D. Manuel de Resa, para ocuparse de “la elección de los toros que se han de correr en las fiestas y traslación de nuestra Patrona Gloriosa Sra. Santa Ana a su nueva capilla y demás fiestas profanas”. Fueron asistidos en los actos religiosos por los miembros del cabildo colegial, D. Antonio Murgutio y D. Gaspar Arnedo.
El libro de Cuentas Municipales
Afortunadamente, acude en nuestra ayuda el libro de Cuentas Municipales (1715–1729) que detalla en numerosas partidas los gastos ordinarios y extraordinarios generados por tan magno acontecimiento. Podemos dividirlos en dos vertientes: la religiosa y la profana.
Comencemos por la tradicional hoguera de la víspera, “delante de las puertas principales de las casas de la ciudad” cuya leña importó 25 reales. O los ocho que costó el “agua bendita de olor” que se distribuyó en la colegiata para mitigar el tufillo que emanaba la muchedumbre de fieles en días tan calurosos. También constan los casi 300 reales que se pagaron al maestro de Capilla, Diego Amillano, “por los villancicos que ha compuesto y se han cantado en las funciones de dicha colegial (…) como en la procesión que se hizo”.
O los gastados en predicadores de fama, todos tudelanos, pertenecientes a las órdenes de San Benito, Carmen Calzado y Compañía de Jesús, entre los que destacó el P. Joseph Sartolo, jesuita, por entonces rector del colegio de Burgos.
Tuvieron gran éxito las danzas que se bailaron en procesiones y actos profanos, a cargo de afamados danzantes provenientes de Valencia, con larga tradición en Tudela. Aquí el ayuntamiento no escatimó gastos y contrató dos grupos. Según los documentos, constaba cada uno de once hombres, acompañados de dulzainas, y estaban obligados a “asistir a todas las funciones”. El dirigido por Vicente Boset y Nicolás Rochera, acudió tempranero, pues consta que ya estaba el día 22 de julio. El segundo, llegó el 24.
No olvidemos tampoco a los llamados “tamborines”, cuatro dulzaineros y tamborileros que se ajustaron en 280 reales y que acompañaron al ayuntamiento en todas las funciones. Quiero dejar constancia de sus nombres: Félix de la Mata, Pedro Felipe, y los hermanos Martín y Juan de Zozaya.
Pero quizás lo que causó mayor impresión, por lo novedoso, fueron los cuatro trompeteros montados en caballos, pertenecientes al Regimiento de Extremadura que se hallaba temporalmente en Alfaro. Se alojaron en el mesón de Martín de Irurtia, quien presentó una factura de 264 reales “por el alimento y demás asistencia que ha dado a los cuatro clarines con sus caballos”.
Pero el grueso de los gastos de las llamadas Fiestas de la Traslación de la Capilla lo copan los generados por las fiestas profanas, singularmente los toros. Ya la cuenta que presentaron los ediles por ir a la elección de los mismos, sumó 100 reales. Y bastante más la “colación” que tomaron las autoridades que presidían los festejos desde el balcón corrido de la Casa del Reloj. Nada menos que 40 ducados (440 reales).
Por otra parte, adecentar la Plaza Nueva “para la función de toros”, no era costo despreciable. En primer lugar “barrer y limpiar la plaza nueva y sacar escombro y piedra fuera de ella”. A continuación se enumeran los jornales pagados al carpintero Agustín Pérez “por cerrar y abrir los portales y las bocas calles de la plaza nueva”, además de habilitar varios tablados donde colocar a forasteros VIP.
Llama nuestra atención que en uno de los tablados se ubicaran los visitantes de Tarazona y en otro los de Cintruénigo. Luego comprobamos que con ello la Corporación mostraba su agradecimiento a ambas poblaciones “por el beneficio de las aguas (del Alhama y del Moncayo) para el regadío de las huertas de esta ciudad”.
No fueron los únicos distinguidos, pues otro tablado y varios balcones los reservó como reconocimiento a “los oficiales y compañías de granaderos de los dos batallones de infantería de Burgos que se hallan en esta ciudad para evitar quales quiera discordias y pesadumbres que pudiere haver”. No contento con esto, el alcalde concedió una gratificación de 200 reales a repartir entre los soldados “por el trabajo que han tenido todos los días durante las fiestas (…) de asistir a las funciones públicas de fiestas de toros y otras (…) y para la quietud así en la plaza como en las calles, divididos en patrullas, la que se a logrado por el referido medio”.
“El toreador del palo”, un antecesor de “Martincho”, pintado por Goya
Los astados pertenecían a las ganaderías tudelanas de D. Pedro Lecumberri y de D. Gregorio Antonio de Aperregui. Hubo varios festejos, pues los documentos hablan de toros para “la corrida principal” y otros “para correrlos y matarlos en los días antes de la corrida principal”.
Los toreros fueron Antonio Bermejo, Miguel de Peña, Pedro Zubiri, Juan Escribano, Francisco Clemente, Juan de Litago, Domingo Nadal y Juan Guirau. La mayor parte eran de lugares cercanos (Tarazona, Alfaro, Valtierra, Mallén…), sin embargo, uno de ellos, Francisco Clemente, natural de Granada, destacaba como “toreador del palo”.
Por el Libro de Cuentas conocemos que ya había toreado por Santa Ana en los años 1723 y 1724, lo que indica que su actuación gustó tanto que fue de nuevo contratado en 1725. Debió asombrar con sus cabriolas y saltos, puesto que el tesorero, habitualmente parco en noticias, señala que el primer año le pagaron 192 reales “por haber toreado con el palo en la fiesta de los toros (…) y por el salto desde una comporta al tiempo de llegar el toro”. Aún fue mayor su audacia el año siguiente, ejecutando un “salto con un par de grillos en las piernas desde una mesa al tiempo de llegar el toro”.
Curiosamente la misma suerte que aparece en los dibujos de Goya, ejecutada decenas de años más tarde por el célebre “Martincho”. El gasto total en toreros ascendió a 790 reales.
Mojiganga y castillo de fuegos
Otro apartado, hoy prácticamente desaparecido, consistió en la “mojiganga”, fiesta grotesca con disfraces de animales, y que se representó en la Plaza Nueva el día de Santa Ana. Así lo expresa: “al tiempo de la función y corrida de novillos que fue el día de Ntra. Gloriosa Patrona para el público regocijo”. El gasto fue importante, cercano a los 1.100 reales, y en ellos estaban incluidas “las caretas, cavezas de Animales, bestidos y caballicos del toreo de los novillos”. Bien es verdad que tras la función, los aderezos quedaron en el ayuntamiento para ulteriores ocasiones.
Por último debemos destacar el castillo de fuegos artificiales o “Castillo de Fuego”. Consistía en un entramado de madera y cohetes, adornado con pinturas, que se quemó en la Plaza Nueva después de la corrida principal, como broche final de las fiestas. Lo había construido Agustín de Castro, “ingeniero de fuegos” que fue encargado también de su montaje e incendio. Los dibujos los ejecutó Jacinto de Blancas, “maestro pintor”. El primero cobró 880 reales, mientras que el segundo recibió ochenta.
Esto de los “castillos de fuego” estaba de moda en la época y años más tarde, en 1738, volvió a quemarse otro con ocasión de la visita a Tudela de Mariana de Neoburgo, la reina viuda de Carlos II.
Mantente al tanto de todas nuestras noticias y actualizaciones siguiendo el canal de Plaza Nueva en WhatsApp o en Telegram. ¡Invita a tus amigos para que no se pierdan nada!