El pañuelo rojo
Las fiestas no empiezan con el cohete. Empiezan antes. Mucho antes. A veces con una canción que suena en la radio del coche. A veces con una conversación al azar en la cola del supermercado: “¿Ya sabes quién lanza el cohete este año?”. Otras, con el descubrimiento repentino de un pañuelo rojo en el fondo de un cajón, como si alguien —o algo— supiera que ya va siendo hora.
Empiezan cuando la memoria se adelanta unos días al calendario. Cuando los balcones aún no están engalanados, pero tú ya sientes la plaza. Cuando la ciudad, sin avisar, comienza a transformarse desde dentro.
Porque las fiestas de Santa Ana no son solo siete días de programación. Son una forma de estar. De mirar a la ciudad con otros ojos. De ver en las calles no solo lo que hay, sino lo que ha habido y lo que habrá. Una plaza que ha visto generaciones bailando La Revoltosa. Un kiosko que sigue siendo punto de encuentro. Un abrazo que se da sin preguntas. Una canción coreada sin ensayos.
Quien ha vivido las fiestas con el corazón abierto sabe que hay algo que no se puede explicar del todo. Un hilo invisible que nos une. Una manera de compartir el espacio que no tiene que ver con la costumbre, sino con el deseo: el deseo de estar juntos, de hacer comunidad, de parar el reloj unos días para celebrar —sin culpa— la vida cotidiana elevada a fiesta.
Pero entre los aplausos, las charangas, los bailes y los reencuentros, hay también una parte silenciosa de las fiestas que no siempre miramos. Quienes madrugan para dejar limpias las calles antes de que amanezca. Quienes sirven con una sonrisa mientras otros descansan. Quienes montan, desmontan, vigilan, atienden, conducen, riegan, organizan. Las personas que hacen posible lo que parece que ocurre por sí solo. Las que trabajan mientras los demás celebran.
A veces pensamos que las fiestas son solo lo que vemos. Pero lo esencial, como casi siempre, es también lo que no se ve. Y reconocerlo no las hace menos mágicas. Al contrario: las hace más humanas, más nuestras. Porque en cada gesto invisible también hay un trozo de fiesta. Y en cada persona que da sin figurar, hay una forma distinta —y generosa— de celebrarla.
Las fiestas son también las personas que ya no están, pero que de alguna manera vuelven esos días. En una canción. En una mirada. En una promesa que no caduca.
Y, sí, cuando llega el cohete, la emoción es real. Porque es el momento en que lo que ya sentíamos se hace visible. Cuando todo lo que esperábamos se desborda. Cuando la ciudad entera se da permiso para quererse más fuerte.
Luego, cuando pasa, guardamos el pañuelo. Pero nunca igual. Siempre queda algo.
Una sonrisa. Un suspiro. Una anécdota. Una imagen.
Porque Tudela no se olvida de sí misma. Y las fiestas son esa forma que tiene la ciudad de recordarse, de reconocerse, y de seguir latiendo.