La Ciudad compartida
Hay cosas que una ciudad pierde sin darse cuenta. Primero desaparece un comercio de toda la vida. Después una costumbre. Más tarde una forma de saludarse o de ocupar la calle. Las ciudades cambian constantemente y quizá sea inevitable, pero entre todos esos cambios hay algo que todavía resiste cada vez que llegan las fiestas: la sensación de pertenecer a un lugar compartido.
Porque las fiestas patronales no son únicamente tradición. Son también una forma de convivencia. Durante unos días, Tudela vuelve a reconocerse a sí misma. Las plazas se llenan de generaciones distintas compartiendo espacio, reaparecen conversaciones improvisadas y personas que apenas coinciden el resto del año vuelven a encontrarse casi por inercia. Como si la ciudad recordara, aunque solo sea durante una semana, que vivir juntos significa algo más que habitar el mismo sitio.
Y quizá por eso seguimos defendiendo determinadas cosas incluso cuando parecen pequeñas: una charanga atravesando el casco viejo, una peña organizando actividades durante meses o el esfuerzo silencioso de quienes trabajan para que todo funcione mientras otros celebran. Hay muchas personas sosteniendo las fiestas mucho antes de que empiece el cohete.
Tal vez esa sea la verdadera razón por la que siguen emocionándonos tanto. Porque durante unos días Tudela no solo celebra sus fiestas. También se celebra a sí misma.