• Diario Digital | Sábado, 26 de Mayo de 2018
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14 de abril en el siglo XXI

… se desvanece/ de pronto lo que sobra/ y no existe el vacío/ si queremos colmarlo. -Ernestina de Champourcin-

14 de abril en el siglo XXI

Reivindicar el 14 de abril a día de hoy, no es sólo, que también, recordar a quienes fueron asesinados o humilladas por ser republicanos, ni mimetizar el modelo de aquel pujante y conflictivo abril. Actualizar el pensamiento de la izquierda, sostener un pensamiento crítico y autocrítico en constante evolución, responder a los retos actuales para ensanchar la democracia, fomentar valores de solidaridad, pacifismo, igualdad y tantos otros, todo ello y más, acompaña a nuestra Memoria Histórica en el siglo XXI. 

Desviar la atención a disputas de familia o poses de infantas y reinas, puede ser entretenido, pero no es fundamento de ninguna toma de posición sobre la Jefatura de Estado. Más allá de las anécdotas, monarquías y repúblicas las hay tanto en países democráticos como en dictatoriales. La cuestión en el siglo XXI es: ¿qué es más o menos democrático, una Jefatura de Estado que emane de la voluntad popular, o una heredada familiarmente? Porque, tal como afirma el profesor de Derecho Constitucional Miguel Presno, "puede haber un Estado social y democrático de Derecho con una Jefatura del Estado republicana -como Alemania e Italia- o monárquica -como Suecia o Dinamarca-. No obstante, si la democracia implica que el pueblo gobernado pueda ser también pueblo gobernante es más democrática una jefatura del Estado republicana que, por definición, no reduce a una familia el ámbito de las personas que pueden ejercer esas funciones. Y además, acota el tiempo durante el que pueden desempeñarse". 

En nuestro caso, además de lo anterior, la monarquía española es machista por prevalecer en ella todavía los derechos del hombre sobre los de la mujer, y es una monarquía con inviolabilidad para el rey. Igualmente, tenemos en cuenta que la democracia derrotada por las armas tras el golpe de Estado de 1936 en España, era una república que, trajo a España democracia, modernidad, mejoras sociales, alfabetización, voto femenino, cultura popular entre otras muchas cuestiones aunque no estuviese exenta de errores. Por el contrario, el derrocamiento de la II República Española por el golpe franquista y posterior guerra civil, terminó en una larga  dictadura condenada por Naciones Unidas en 1946, que sumió a España en un oscuro túnel.

El hecho de que el actual monarca aporte algunos indicios de modernización de la casa real, no modifica ninguno de los argumentos anteriormente esgrimidos. Sus funciones y prerrogativas, tanto las representativas como la del mando supremo de los ejércitos, siguen siendo las mismas. No caducan hasta que no quiera abdicar el propio monarca, se heredan familiarmente, se utilizan en momentos concretos para apoyar las medidas del gobierno de turno, no forman parte de las instituciones democráticas sometidas a refrendo popular, y contribuyen a mantener una institución que, por definición, es desigual e injusta para quienes no pueden tener opción a dicho cargo.

No se trata de ver en un régimen republicano toda suerte de soluciones a los problemas hoy existentes ni de tachar a la monarquía de culpable de todos los males. Con o sin república, la profundización de la democracia depende de muchos otros factores: equidad, feminismo, paz, ecologismo, justa distribución de la riqueza, trabajo y jubilación con ingresos dignos, derecho real a la vivienda, educación en valores, transparencia y participación, lucha contra la corrupción y ese largo etcétera sobre el que tenemos que ir trabajando en una relación entre las izquierdas sin sectarismo, y en un tejido social curtido en movilizaciones, solidaridad, y un pensamiento abierto, complejo, alejado de ortodoxias, colmando el vacío como en el poema de Champourcin. Es ahí donde queremos incidir, donde pretendemos forjar las bases para una III República, que nos permita transitar nuevos caminos, que amplíen nuestros horizontes democráticos. Recordemos, con María Zambrano, que “no se trata de pasar de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero”.