Vivimos inmersos en el mundo de la confusión. Todo lo que nos rodea se nos antoja extraño, vacío y, en gran medida, amenazante. A menudo, desconocemos dónde está la verdad y cada vez nos resulta más difícil la unidad y la coherencia. Todo ello nos provoca incertidumbre y miedo por la amenaza del conocimiento de un futuro incierto, así como la tristeza de un posible devenir fluctuante y acongojado.
Puede ser que a muchos de nosotros la “Fiesta de Santa Ana”, con toda su parafernalia, su jaleo y su expectativa histórica de lograr un desahogo explosivo, nos resulte el anuncio de una realidad desconectada de nuestras necesidades actuales y, tal vez, la sensación de introducirnos en un engaño ancestral.
Sentimos, quizás, que para recomponer nuestra situación entre ansiosa y depresiva necesitamos vivir contactos entrañables que nos reconcilien con la vida e igualmente vivencias profundas que nos llenen de contenido y nos reconduzcan en nuestra dirección vital.
Es muy posible que lo intrínseco y lo notorio de la Feria (sus festejos, sus espectáculos, sus banquetes, su bullicio, etc) no nos satisfagan ni nos ayuden. Puede, incluso, que nos molesten y nos dañen.
Para evitar unas Fiestas nocivas propongo una pequeña estrategia saludable: durante la semana de Santa Ana, dediquemos los diez primeros minutos de cada día, y sus diez últimos, a realizar una mínima reflexión: valorar qué hemos “aprendido” en el día que termina y qué podemos prever y programar para el próximo. Estrategia sencilla pero, a veces, sorprendentemente eficaz: solo necesitamos soledad íntima y silencio.