“¿A dónde has ido este verano?”
Se han dicho cosas bonitas del viajar: que nos muestra culturas y modos de vida distintos, que despierta la curiosidad y nos desafía a salir de nuestra zona de confort, que nos enseña a adaptarnos, a comunicarnos y a apreciar la diversidad del mundo; que aprendemos historia, arte, gastronomía, que nos vuelve tolerantes, respetuosos y comprensivos con las diferencias etc. Hasta que el nacionalismo se cura viajando. Probablemente bastante de todo eso fue verdad. Hoy ya no o poco, pues el viajar ha cambiado bastante y no es lo que era.
Empecemos por lo del nacionalismo. La idea de que se pudiera curar viajando no es una estupidez pues el nacionalismo tiene bastante de pueblerino, de “como mi pueblo, nada”, y salir del pueblo, viajar, podría abrir la mente, quitar las orejeras que hacen tener una visión sobrevalorada de lo propio. Podría hacer del nacionalista un ser más más realista que dejara de creerse el ombligo del mundo. Pudo hacerlo pero ya no, tanto por lo del cambio de los viajes como porque al virus del nacionalismo le ha pasado lo que a ciertas bacterias con los antibióticos, que se han hecho resistentes y lo que antes las mataba ya no las elimina. Los nacionalistas viajan como todo quisque, pero su nacionalismo sigue intacto. Puigdemont lleva mucho tiempo fuera de su pueblo, peneuvistas ricachos veranean en la costa andaluza y se siguen considerando superiores.
En cuanto a los otros efectos benéficos del viajar, la televisión, el cine o internet nos ponen en contacto con mundos diferentes, nos permiten viajar mentalmente, y aunque no sea igual ver un reportaje que plantarse en un mundo distinto, el resultado en ambos casos suele ser similar: la mente no se amplía, no se superan prejuicios localistas, no aumenta la tolerancia ni la capacidad de comunicación etc. Cuando vemos grupos de chinos o japoneses pululando por nuestras ciudades móvil en ristre haciendo fotos y más fotos, si nos preguntásemos de qué se enteran, quizás habría que responder que más o menos de tanto como cuando los viajeros somos nosotros.
En un pasado no muy lejano viajaban los ricos. ¿Qué viajaron nuestros abuelos? “El Jarama” de Sánchez Ferlosio refleja el viajar del español medio de antes de la sociedad de consumo: un hecho excepcional, y de Madrid a una venta junto al río Jarama, viaje de domingo de la familia en el taxi viejo del padre o en la bici los jóvenes. Aquellos españoles pobres de hace unos cincuenta años viajaban mucho menos que nosotros. Sin embargo, estaban menos degradados, vivían menos bajo el principio del placer, eran capaces de tener hijos, su mundo tenía futuro. Ciertas cosas han ido a peor con la sociedad de consumo.
Viajar se ha convertido en una industria y en un fenómeno de masas, y al viajar somos el combustible o la materia prima para que el proceso industrial funcione. Una industria que nos enriquece a los españoles pero que tiene quizás los días contados porque las masas, moviéndonos de un lado a otro, contaminamos, y es probable que, “para salvar el planeta”, volvamos a la etapa anterior y viajen otra vez sólo los muy ricos.
Se ha convertido también en una necesidad que nos inocula el consumismo. Si has respondido “a ninguna parte” o “a la casa familiar del pueblo” a la pregunta del comienzo, eres un bicho raro que no cumple la casi obligación de viajar. El hombre-masa hace lo que se hace, en este caso viajar. Igual que hay comida basura y muchos la consumen encantados, hay viaje basura que el hombre-masa consume satisfecho. Inoculado el virus del viaje, estar en un aeropuerto repleto resulta no agobiante sino realizador. O en una playa atestada. O en la Plaza del Ayuntamiento el 6 de julio a las 12,50 h. (¿qué sería de los sanfermines sin el hombre-masa? Se lleva merienda, se come el bocadillo en el cuarto, se canta “La chica yeyé” en el segundo, se viste de blanco, se divierte uno como el que más, se …). O en unas ruinas antiguas abarrotadas de público, o donde sea. Lo importante es viajar, hacer lo que todos. A dónde, puede ser secundario o irrelevante. A donde sea, y cuanto más lejano y exótico, mejor. ¿Qué se nos ha perdido allí? ¿Qué encontramos? Al ver el gentío en la Acrópolis de Atenas, un amigo, propuso un remedio: hacer un examen previo a los candidatos a visitar esos lugares y no dejar entrar a quien no se hubiera molestado en saber algo o bastante sobre ese mundo. Imposible. El hombre-masa tiene derechos, no obligaciones. Con los viajes y con la Educación ha pasado algo parecido: hoy viaja y “estudia” todo el mundo, pero el nivel de calidad ha caído en picado en ambos casos, hay viaje basura y estudio basura.
En cuanto a los aspectos positivos del viaje, cierto que un cambio de aires oxigena y puede ayudar a volver con ganas renovadas a la vida habitual. Viajar nos saca de la rutina y nos da una ilusión de novedad: un entorno nuevo cada día (“El sol es nuevo cada día”, decía Heráclito sin viajar) parece prometer un día con una vida nueva, rejuvenecida, más estimulante y rica. Promesa algo ilusoria, pues viajamos llevando nuestra identidad de siempre.
Viajar puede tener además otras satisfacciones: enviar por whatsapp fotos a amigos y parientes y que nos digan “qué suerte, quién pudiera”, y sentirnos contentos de hacer lo que ellos querrían. O contar a la vuelta el viaje a todo el que se deje. Pero no todo es maravilloso, viajar es cansado y puede provocar malas consecuencias (por ejemplo para la estabilidad amorosa, pues en vacaciones aumenta el número de parejas que se separan).
Muchos han dicho que, cuanto más necesitados estamos de distracciones, de evasión, de novedades, más necesitamos viajar. Y que a mayor necesidad de todo esto, más escasa y pobre vida interior. Y a la inversa: a mayor y más rica vida interior, menor necesidad de distracciones, de novedades y de viajes. Una prueba empírica: los monjes no viajan, no salen del monasterio, y nos dan cien vueltas en autenticidad, en riqueza espiritual, en sentido de la vida, en verdad, en santidad.