Sentido o sinsentido

Sentido o sinsentido, ésa es la cuestión. Si fuéramos una piedra, un pino o un mono, la cuestión nos traería sin cuidado. Si somos como un mono, pero con móvil y redes sociales, también nos traerá sin cuidado. El sentido de la vida tiene que ver, como el de una carretera, con el destino al que lleva. Como nos lleva a la muerte, el sentido (el destino último) puede ser la nada (la desaparición de la conciencia) u otra vida con autoconciencia. De eso iba la tercera pregunta de Kant: “¿qué puedo esperar?”. Respuestas relevantes a ella ha habido tres: “espero la nada” (no espero nada), “no sé qué esperar” y “espero otra vida autoconsciente”. Ateísmo, agnosticismo teísmo.

Otro uso de la palabra “sentido” es el de frases del tipo “tiene sentido que estudies. Así conseguirás un buen trabajo”. El sentido de una acción humana es su para qué, el fin que tratamos de conseguir con ella. No vivimos encerrados en el presente. Anticipamos mentalmente el futuro y los fines que queremos conseguir, y actuamos con vistas a ellos, y así damos un sentido u otro a nuestra vida. Vivimos para algo, para unos fines o metas, pero también por eso sabemos que hemos de morir, aunque intentemos engañarnos o no pensar en ello por miedo. Y si la muerte es la nada, nuestro fin último es la nada, y vivimos para la nada viviendo para algo, lo que es una contradicción. Cuando el ateo Sartre dijo “el hombre es una pasión (un empeño) inútil”, quería decir que el universo y nosotros no tenemos sentido al no existir Dios, que no existimos para algo, que no hemos sido pensados ni queridos por una Mente, y que somos absurdos porque tratamos de dar sentido a una vida que no lo tiene, vivimos para algo viviendo en última instancia para la nada

Todo está conectado: si nuestra vida es valiosa o insignificante en el universo, si tiene sentido o no, si Dios existe o no, si hay otra vida o no. Si el origen primero de todo es la materia que no piensa ni anticipa fines, ni el mundo ni nosotros existimos para algo sino para la nada, no tenemos sentido y no somos valiosos sino insignificantes. Tendrán razón Sartre y el sileno Marsias con su “no haber nacido es lo mejor para el hombre. Irse cuanto antes de este mundo, lo segundo en orden”. En tal caso, ¿para qué escribir el concierto “Emperador”, la Sinfonía Italiana, El Quijote, La Biblia etc.? ¿Para qué hacer cosas valiosas o tener hijos? Para nada. ¿Por qué no ser un egoísta sin escrúpulos como Sánchez, un malvado? El ateísmo, el sinsentido, es la causa profunda más determinante de nuestra decadencia en muchos ámbitos: el moral, el estético, el educativo, el cultural, el artístico, el político, el demográfico .... 

Es absurdo (contradictorio) que en un mundo sin sentido hayamos surgido los humanos, que damos y buscamos sentido (actuamos para algo) y aspiramos a ser valiosos. La contradicción y el absurdo desaparecen si la vida es en última instancia para algo valioso y bueno. Ocurre si Dios existe y hemos sido creados con un fin bueno.

Por otra parte, ante una injusticia nos rebelamos y exigimos justicia. Si no la hay, nos parece una situación inaceptable que rechazamos. A nivel global, ha habido muchas injusticias a las que no se ha hecho justicia: una situación inaceptable, rechazable. La única posibilidad de que la haya es que la causa última del universo no sea la materia ciega sino una conciencia sobrehumana justa y que haya un juicio. Un mundo sin Dios, sin juez supremo justo es un mundo sin justicia, inaceptable, rechazable. Si el universo es así, sería más lógico y preferible que no tuviéramos conciencia moral, que fuéramos como los lobos, es decir, que no existiéramos. 

Volvemos a la tercera pregunta: moriremos solos, y en la hora de la muerte podremos esperar la nada, la extinción de nuestra conciencia, que nuestra vida no haya tenido sentido, que Dios no exista, que no haya justicia última. O podremos esperar lo contrario. Nosotros no sabemos, creemos, tanto si esperamos lo uno como si esperamos lo otro. En Getsemaní, Jesús estuvo solo sabiendo que le llegaba la hora de la muerte, pero solo ante Dios, no ante la nada. Dijo que él sabía y nos invitó a fiarnos de él, a creerle. La alternativa, creerle o morir negando el sentido, como si fuéramos un mero animal más. Si lo segundo, lo lógico sería haber vivido de ese modo, como un simple animal. La energía que ha generado lo mejor de la cultura occidental nace en buena parte de haberle creído.