Los secretos del taxista

Terminada ya la liga, y aunque el Real Madrid no haya hecho un papel muy brillante, contaremos una anécdota futbolera. Un amigo madridista visitó el Bernabéu. A la salida tomó un taxi y le comentó al taxista lo de la visita. Fue decirlo y darse cuenta de que podía haber metido la pata si el taxista era del Atlético de Madrid. Resultó que la había metido, pero, para su sorpresa, el taxista le dijo que, si de él dependiera, haría a Florentino Pérez presidente del gobierno y a Amancio Ortega (fundador de Zara) ministro de economía. 

La idea de que alguien que haya demostrado altas capacidades en los negocios las aplique en el terreno de la política no parece una estupidez. Lo disparatado es lo que aquí ocurre, que incompetentes o farsantes o incluso delincuentes (algunos presuntos) sin preparación, fracasados donde funciona la meritocracia, que se inventan títulos universitarios, se apropian de tesis que no hicieron ... presidan gobiernos o sean ministros. 

Nada es fácil, pero la medicina recetada por el taxista no le sentaría mala la enferma España. Tendríamos un gobierno presidido por alguien que respetaría la ley, jugaría limpio, no levantaría muros para encabronar a unos contra otros, no crearía problemas sino que los resolvería (da la impresión además de que con facilidad), no pactaría delincuentes ni con sus cómplices, no mentiría … Además, sólo alguien prestigioso llegado de fuera del tinglado político podría meter la tijera y eliminar el malgasto de millones (60.000 millones de euros de gasto ineficiente anual según informe del Instituto de Estudios Económico de 2022. Más según otros), reducir la deuda ... o convocar un referéndum para acabar con el despilfarro de los diecisiete miniestados y los consiguientes tantísimos cargos innecesarios, y dar a ese dineral recuperado un destino acorde al bien común. 

Y en Navarra parecido. Si en una balanza que pesase la inteligencia, la sensatez y la eficacia pusiéramos en un platillo a Florentino Pérez y en el otro a Alzórriz que le llamó “fascista”, el resultado sería parecido a dejar vacío el platillo del bocazas. Y si en ese mismo platillo añadiéramos a Chivite, a su tío, a Ollo, a Arasti, a Domínguez … y al siniestro Araiz, Florentino solito pesaría más que todos ellos juntos. Gente de ese tipo en el Gobierno sería capaz de detener el declive económico, educativo, sanitario … e impulsar una remontada del estilo de la de los años sesenta con Huarte, Urmeneta etc. ¿Mala idea?

¿Qué pasaría si se presentase a las elecciones un candidato del gusto del taxista? Dependería de cuál fuera la mentalidad dominante. Donde se valorase la iniciativa privada, el esfuerzo, la autosuperación, la inteligencia y la creatividad, ganaría su candidato. Donde se tuviera mala opinión del éxito y se tendiera a la envidia, a la mediocridad, al resentimiento, a igualar por abajo, perdería. Concretando: en las autonomías que progresan, ganaría. En las otras, perdería. En España probablemente perdería. En Navarra, hoy también. Si el entontecimiento no desaparece, seguiremos decayendo. 

La selección de líderes suele hacerse en la empresa privada de manera racional y suelen conseguirse resultados aceptables. En la política española, aunque apenas ha funcionado el método “ricomeritocrático”, sí se ha usado a veces otro método razonable: seleccionar como candidato a presidente de la nación a alguien que haya demostrado capacidad, liderazgo, eficacia etc. como presidente de una autonomía; o como candidato a presidente de una autonomía al alcalde exitoso de una ciudad importante. Es lo que intentó el PP con Feijoo y no hizo con Casado. O lo que UPN hizo con Barcina y no con la actual presidenta del partido. 

Está también la arriesgada y habitualmente mala opción de seleccionar a un candidato de dentro del partido que tenga desparpajo y labia, un vendedor de crecepelo, aunque no haya demostrado nada ni fuera ni dentro de la política. Fue el caso de Zapatero y es el caso de Chivite (veremos si también el del próximo candidato de UPN). Viene a ser como jugar a la lotería. Puede tocar el gordo y que el seleccionado sin currículo brillante gane y resulte buen presidente, pero es poco probable. En el caso de la izquierda además, el seleccionado (en Navarra la seleccionada) se siente progresista y como tal superior, y es ciego para sus carencias. Además, como ha vivido fuera de la competencia y de la economía real, dentro de una burbuja, tiende a despilfarrar el dinero de los impuestos (“no es de nadie”). Y como ni tiene méritos ni los valora, suele nombrar para ministros, consejeros o altos cargos a gentes a su vez sin méritos o con el “mérito” de ser amigo o pelota suyo. El resultado lo tenemos a la vista: mediocridad, decadencia, y eso sí, mucha palabrería. 

Por último, la peor opción: seleccionar como candidato a presidente a alguien del partido que no sólo no haya demostrado nada positivo sino que haya demostrado bastante o mucho negativo. Fue el caso de la selección de Pedro Sánchez. Antes de ser candidato a Presidente, el elegido apenas había hecho algo positivo (dar alguna clase). Pero sí había hecho bastante negativo, como mentir, hacer trampas, intentar un pucherazo o copiar una tesis doctoral.

Si ya es mala cosa que ciertos partidos hagan este último tipo de selección, peor es que, al votar, la mayoría vote a los que ya han demostrado ser malos. El resultado es la “peorcracia”: Pedro Sánchez con los enemigos de España, con golpistas, con delincuentes (algunos presuntos). Forma degradada de gobierno, posible si la mayoría está entontecida o corrompida. Deterioro y decadencia garantizados y merecidos.