Claro que hay mucha belleza y mucha riqueza en la hoy de moda catedral de Notre Dame y en otras. Y menos, pero también, en las iglesias de nuestros pueblos, una en cada pueblo por pequeño que sea, levantadas hace siglos por gentes más pobres y en teoría más toscas y primarias que nosotros. Es absolutamente asombroso. Pero si dijéramos que se hicieron porque la Iglesia tenía mucho poder, estaríamos dando una interpretación superficial e insuficiente.
Si recordamos que Cristo nació en un pesebre, que no tenía dónde reposar la cabeza, que su reino no era de este mundo, que fue siempre pobre … esos templos ricos parecen un despropósito. Pero en la otra cara de la moneda estaba Cristo resucitado y glorioso a la derecha del trono de Dios, Rey del Universo, Juez Supremo …, y tenía pleno sentido construir lo más grandioso, lo mejor, lo más hermoso en honor del más grande. Y también Los templos tenían una función educativa, hacer patente la grandeza de Dios. Además, para el platonismo cristiano, verdad, belleza y bondad van juntas, y según eso la suma Verdad y Bondad -Cristo- se merece la mayor belleza. Bach expresaba este tipo de ideas cuando dijo “el único propósito y razón final de la música debe ser la gloria de Dios y el alivio del espíritu”. Puso en práctica esta idea sobre todo cuando creó grandiosas y hermosísimas construcciones musicales como las Pasiones, y al hacerlo hizo lo mismo que habían hecho antes los arquitectos, escultores o pintores medievales. Y lo mismo que haría después Gaudí (parecido a Bach en su firme cristianismo) al concebir y levantar la Sagrada Familia. Si admiramos a Bach por sus Pasiones y se las agradecemos, lo mismo hay que hacer con los que construyeron las grandes y ricas catedrales y nuestras iglesias.
Hoy, en la Francia o la España ateas, se cierran y se desacralizan iglesias, no hay sacerdotes ni fieles para ellas. Cabe preguntarse qué sentido tiene construir templos nuevos o restaurar viejos o deteriorados como Notre Dame. Parecería más lógico hacer lo que se hace con el Partenón, no restaurarlo, pues no se cree en la diosa Atenea. Por otra parte, el hedonismo ateo imperante, de modo parecido a como separa el placer sexual de su sentido fundamental, separa y vacía al placer y al valor estético propios de la música y de otras artes religiosas (escultura, pintura arquitectura) de su dimensión sacra. De ahí que el incendio de hace cinco años de Notre Dame supusiera para ese mundo una pérdida meramente estética, como si “Las Meninas” hubieran sufrido un daño grave o como si hubiera ardido parte del Louvre. En esta línea, Macron dio en los días previos a la inauguración oficial de la restaurada Notre Dame su razón de la restauración. Fue en clave nacionalista. Según él, el incendio fue una “herida nacional”, y la restauración, un “orgullo para la nación”, un “triunfo para la gloria patria”. Mientras que los españoles tendemos a menospreciarnos a nosotros y a nuestra historia, los gabachos están orgullosos de lo suyo. La restauración de Notre Dame ha sido para Macron y para muchos la restauración de una joya que confirma la “grandeur” francesa.
Pero conviene no engañarse. Podemos hacernos una idea de lo que en la restauración y en la inauguración hubo de falso o de farsa recordando que ese Macron es acérrimo defensor de que el asesinato de fetos sea un derecho en toda Europa, o que en la inauguración de los pasados juegos olímpicos de París, dio el visto bueno para que se hiciera una burla de la última cena de Cristo. Burla entonces, ¿exaltación hace no mucho? La primera, auténtica. La segunda, no. La reinauguración del templo fue simplemente una ocasión para el brillo a nivel internacional de Francia y del aprendiz de Napoleón. La dimensión política era ahí lo fundamental.
Por eso no debería haberse olvidado lo que dijo Cristo: “dad el César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Para cumplirlo, debería haberse separado la ceremonia políticoinstitucional de inauguración de Notre Dame, de la religiosa. No se hizo y el resultado fue lamentable desde el punto de vista religioso, una mundanización que alcanzó cotas difíciles de imaginar de estupidez e insensatez (¿o de maldad?) con el vestuario del Arzobispo y de otros oficiantes. Parecía "Roma", aquella película de Fellini, una burla, una profanacióni. En esa línea mundanizadora, el César Macron quería que el Papa acudiese a París y celebrase la misa inaugural del templo reconstruido, pero por esta vez el Papa acertó, se separó en cuanto representante de Cristo, del César, y no asistió.
¿Qué habría pasado si hubieran ardido la catedral de Burgos, la de Santiago o la Sagrada Familia? Para la actual España atea, habría sido algo parecido al incendio del Liceo de hace años. Resulta imposible imaginar al traidor que gobierna con los enemigos de España hablando como Macron de “herida nacional”, de “orgullo para la nación” etc. Además, su cristofobia le habría llevado a alegrarse en lo más íntimo. Si lo incendiado hubiera sido la Sagrada Familia, habría fingido lamentarse para complacer a los independentistas, y se habría apresurado a darles una rápida reconstrucción, no como a los de la Palma o a los valencianos.
Los energúmenos de “arderéis como en el treinta y seis” estarían encantados con el incendio y se opondrían a la restauración, o exigirían que, si se restauraba con dinero público, el templo pasase a ser de propiedad municipal (no de la Iglesia), dejase de tener carácter religioso y se convertiera en cualquier otra cosa, en franquicia de un parque de atracciones (el nuevo aspecto interior de Notre Dame que ha eliminado de las piedras toda huella del culto durante ochocientos años la acerca a Disneilandia o a Las Vegas), o en mercado, o en museo del ateísmo como en la URSS. No les faltaría cierta razón en cuanto que carece de sentido que una sociedad atea restaure templos.
Sin dejar de reconocer lo que hubo en el pasado de verdad y de acierto en la construcción de templos de grandiosa riqueza y belleza, los cristianos tendríamos que reconocer que nuestra situación hoy aquí se parece más a la de los cristianos de los siglos I y II que a la Europa medieval. Habría que recuperar la otra cara de la moneda, la de Cristo en el pesebre, sin dónde reclinar la cabeza, no siendo su Reino de este mundo etc., y volver al origen, quizás a las catacumbas, a la pobreza, para recuperar la verdad.