Marqués de un Peugeot sin frenos
¿Es cierta la segunda parte de la célebre frase de lord Acton “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”? Es doblemente exagerada. Primero, porque, al actuar, somos limitados, no infinitos, no absolutos. Así que “absoluto” y “absolutamente” son palabras excesivas, y por “poder absoluto” hay que entender “dictadura”, y por “corrompe absolutamente”, “corrompe mucho”. Aun así, sigue siendo exagerada porque viene a decir que siempre “el poder absoluto corrompe absolutamente” y no está claro que sea así. Sería cierta si dijera, como en la primera parte, “tiende a”.
Ciertamente, es fácil corromperse, y es más fácil que haya corrupción en un sistema político en el que no hay oposición que controle y critique al poder, ni libertad de expresión etc., que en otro en el que las haya (haya democracia). Y así ocurre en la mayoría de los casos, por ejemplo en Venezuela o Cuba, donde las élites acumulan fortunas mientras el pueblo malvive en la miseria, y donde el lenguaje oficial está corrompido por la mentira.
Hay, sin embargo, algún caso en el que esa segunda parte falla. En la república platónica, por ejemplo, habría “poder absoluto”, pero en manos de sabios ancianos con trayectoria vital moralmente ejemplar, con “voto vitalicio” de pobreza, sin propiedad privada ni familia a la que favorecer, y habría cero corrupción institucional. Y si pasamos a lo real, puede haber alguna excepción a lo dicho por lord Acton. No hace falta ir lejos. El denostado franquismo fue un “poder absoluto”. ¿Hubo “corrupción absoluta”? Al no haber oposición ni libertad de expresión, puede decirse que el sistema la propiciaba, pero quien ocupaba la cúpula del “poder absoluto” era firmemente católico y tenía frenos morales fuertes que le dificultaban caer en la corrupción económica o sexual, fomentarla o tolerarla, y tendía a rodearse de colaboradores que tuvieran similares fuertes frenos anticorrupción. Así que el sistema tendía a provocarla, pero la cúpula tendía a lo contrario, y sus frenos debieron de ejercer influencia desde arriba hacia abajo sobre todo el sistema.
También en Navarra. Ya al final del franquismo, cuando los iniciales ideales del régimen se habían apagado y era más fácil la corrupción, vicepresidió y presidió con “poder absoluto” la Diputación Foral un franquista, también firme católico, y con fuertes frenos morales contra la corrupción, honesto, ascético incluso casi como los de la república platónica, y también sin familia directa a la que enriquecer, Amadeo Marco. No practicó la corrupción ni la toleró ni la estimuló, y tendió también a rodearse de colaboradores que se le parecieran. Compárese con el actual gobierno foral.
A nivel nacional estamos hoy justamente en la situación inversa. En sí el sistema tiende a impedir que se tolere o se promueva la corrupción, y por tanto a que la haya (hay oposición, crítica y libertad de expresión). Sin embargo, en la cúpula del poder hay un ateo sin líneas rojas, sin frenos morales que le dificulten caer en la corrupción, fomentarla o tolerarla. Y tiende a rodearse de colaboradores que se le parecen en los ministerios, en la cúpula de la policía, de la fiscalía, de los jueces ... El resultado está a la vista: corrupción (“corrupción absoluta”) tanto económica como policial, judicial, del lenguaje y de la acción política (y enorme ineficacia).
En ambos casos (franquismo y democracia actual), da la impresión de que la tendencia proveniente de la cúpula se impuso y se impone sobre la nacida en la naturaleza del sistema, y que la corrupción económica y de otros tipos es mucho mayor que la que se dio en el franquismo.
Hoy se cumple además esa segunda parte de la frase de lord Acton pero en sentido inverso: la “corrupción absoluta” tiende a provocar un “poder absoluto”, una democracia corrompida, sin separación de poderes, sin transparencia, en la que se manipula, se miente, se tapan los delitos, se protege a los corruptos del poder, y sólo se les cesa cuando hay una evidencia tan enorme que la cúpula cree que le perjudica. Somos una anomalía en Europa.
Hay también un misterio que es otra anomalía: que Sánchez no se hunda electoralmente en el abismo y que el PSOE no esté a punto de desaparecer como debiera. Ocurriría si no fuéramos un país anómalo. Ocurrió en Italia con la democracia cristiana y el partido socialista. También en Francia. ¿Por qué aquí un importante porcentaje de votantes tolera la corrupción y la apoya con sus votos? La posible explicación de este misterio, de esta miseria, es compleja: en parte quizás porque un sector amplio de la sociedad tampoco tiene frenos morales y está a su vez moralmente corrompido. Hay síntomas de que así es: las numerosísimas ausencias al trabajo injustificadas, el ateísmo amoral creciente, la consideración del aborto como un derecho … En parte también porque el PSOE ha conseguido implantar como un axioma indudable la idea de que ha sido y debe seguir siendo un protagonista esencial en nuestro drama, tragedia o comedia nacional. También por el bajo nivel cultural de gentes que resultan víctimas fáciles de la propaganda manipuladora del gobierno. Igualmente, por el espíritu de secta de buena parte de la izquierda. Y porque la derecha no agita las calles como hace la izquierda, y esa “normalidad” dificulta que el pueblo tome conciencia de la anormalidad y las fechorías del gobierno. Acaso además por otras causas.
Podíamos acabar recordando que cuando Adolfo Suárez dejó de ser presidente del Gobierno, el Rey, en reconocimiento de los servicios prestados, le concedió el título de Duque de Suárez. A Calvo Sotelo, el de Marqués de la Ría de Ribadeo. González no quiso título. Parece que a Aznar y a Zapatero ya no se les concedió, pero al ególatra le encantaría pasar a la Historia con un título rimbombante. Por la ausencia de frenos suya y de los suyos, ha hecho méritos sobrados para que se le otorgue el título del título, y quizás en Soto del Real.