Opinión

¡Inocente!

Hace no mucho tiempo, el 28 de diciembre era día de inocentadas. Periódicos serios solían publicar una noticia falsa que los lectores esperaban, buscaban y comentaban con cierto regocijo. La gente menuda disfrutaba inocentando, y muchos adultos mostraban ser capaces de gastar o de soportar una broma. “¡Inocente!” se decía a las víctimas como final de las bromas. No solían ser bromas pesadas ni crueles, sino a su vez inocentes, o sea que ahí inocentes eran todos, los que hacían y los que padecían las inocentadas. 

Hoy eso ha desaparecido. ¿En parte porque la publicación de falsedades ha pasado a ser algo cotidiano con este gobierno y sus medios de comunicación? Además, porque nos falta personalidad colectiva: si las inocentadas fueran una costumbre yanki (como Halloween), las copiaríamos con entusiasmo. Como han sido algo nuestro, las abandonamos. También porque las inocentadas estaban basadas en un episodio evangélico (que para nada era una broma), en el asesinato de niños inocentes por Herodes. El abandono de las inocentadas tiene que ver seguramente, tanto con nuestro abandono del evangelio, como con la disminución o pérdida de nuestra inocencia

Nuestro mundo ha perdido inocencia de una manera impresionante. La inocencia es la antítesis de lo demoníaco, y cuanto más impera lo segundo, más se aborrece y se elimina a lo primero. Si estableciéramos un ránking de inocencia, en lo alto del podio estarían los niños aún no nacidos, pues no hay en ellos todavía culpa alguna (no entremos en lo del pecado original), son la mayor concentración de inocencia que puede haber en el mundo. Cuando el mundo era más inocente o menos perverso, se les respetaba y protegía, y se pensaba que matarlos era una atrocidad. Hoy se considera que es un derecho. La distancia entre lo uno y lo otro mide nuestra pérdida de inocencia, nuestra demoníaca degeneración moral.

Si volvemos al ránking de inocencia, tras los fetos vendrían seguramente las persona con síndrome Down, los enfermos de Alzheimer (y minusvalias parecidas) y los niños. No vamos a reñir por cuál sería el orden de inocencia. 

En nuestro tiempo memo hay días para todo, y así existe el día del síndrome Down (21 de marzo). En ese día es inevitable oír, leer, ver … algún tipo de alabanza o festejo relacionado con las personas Down. Es una falsedad más, otra hipocresía, pues apenas existen ya personas Down porque se les mata antes de nacer. Segundo colectivo de inocentes a los que, en gran parte, liquidamos demoníacamente. 

En cuanto a los del Alzheimer, o bien nos desembarazamos de ellos metiéndolos en residencias para que no dificulten nuestras vidas egocéntricas y hedonistas, o cada vez más los vamos a ir eutanasiando para eliminar cuanto antes el “problema”. Tampoco aquí se ve gran aprecio por la inocencia

En el caso de los niños, sí, empiezan su vida siendo inocentes, pero como si no soportásemos su inocencia, los sistemas “educativos” “progresistas” se apresuran a acabar con ella sexualizándolos precozmente, estimulando su egocentrismo, corrompiéndolos. Y pronto completan la faena las redes sociales, la pornografía en internet …. La conclusión bastante evidente es que, en asuntos fundamentales, lo dominante en nuestro mundo no es la inocencia sino su contrario. 

Si miramos a los adultos, vemos que el “no me arrepiento de nada” preside muchas vidas egocéntricas, carentes de la luz de la inocencia. Por otra parte, en muchos casos a esa ceguera para la propia culpabilidad se añade la falsa convicción de una superioridad moral irreal. Es el caso de los que presumen de progresistas, grupo fatuo que está llevando a la decadencia a la sociedad. 

No es difícil ver que ambos errores están en el fondo ligados al abandono del cristianismo: no hay conciencia de culpa, ergo no hay necesidad de ser liberado de la culpa, perdonado, redimido, y no se necesita un redentor (y a la inversa). Y no hay reconocimiento ni aprecio por la inocencia, ergo no hay reconocimiento ni aprecio hacia el hombre más inocente (y a la inversa). 

¿No hay más? ¿Todo es sombrío? Hay reductos de inocencia, de honradez, de generosidad, de decencia en el ámbito de muchas vidas privadas, que apenas influyen en la vida pública, en la que han ido ganando terreno y poder la indecencia, la mentira, la perversión moral. La prueba del nueve: el amoral carente de principios, de inocencia y de sentido de culpa que gobierna. En los psicópatas hay algo de diabólico.