Impacta el cortometraje “27 minutos” que reproduce el asesinato realmente ocurrido de una pareja de novios, 25 años él y 20 ella, a la salida de una discoteca en la madrugada de un día de Reyes. Ametrallados dentro de su coche sin mediar palabra. Él ocho balazos, ella diez. Al caer el cuerpo del chico obre el volante, el claxon empezó a sonar. Estuvo sonando durante 27 minutos sin que nadie les prestase atención ni ayuda, pese a que muchos salían en aquellos momentos de la discoteca. Finalmente, tres personas llevaron los cuerpos a una clínica próxima pero ya habían muerto.
Impacta por lo que tuvo de cacería perversa, por la inhumana indiferencia que le siguió, por su dosis de machismo y por -veremos- muchas cosas más.
El tipo de crimen y el mirar para otro lado que le acompañó hacen pensar que pudo ocurrir en los dominios de alguna mafia, en los que siempre impera la Ley del Silencio: “haz como que no ves ni oyes, y no digas ni hagas nada”. Así fue, pero no eran los feudos de Al Capone ni los de Vito Corleone, sino los de Kantauri, Txapote, el Carnicero de Mondragón y demás, Beasáin en 1979. El motivo del doble crimen, que él era miembro de las fuerzas de seguridad de España, guardia civil y ella novia de guardia civil, dos pobrecillos originarios de Cádiz, españoles, gente humilde.
El crimen recuerda a otro episodio posterior en Alsasua en el que una horda atacó y golpeó en un bar, también de madrugada, también en ambiente de fiesta y también a dos parejas de novios, guardiaciviles los chicos también, un sábado 15 de octubre de 2016. Lo de Beasáin fue más terrible, pero el motivo fue en ambos casos el mismo, el odio a España y a los españoles.
Más impacto aún por el cinismo de los colegas y homenajeadores de los autores de aquella atrocidad y de otros cientos de crímenes similares, que se presentan hoy como defensores de los derechos humanos y como feministas, y aparentan que les irrita un supuesto genocidio en Gaza, siendo ellos mismos cuando menos cómplices, si no más, de algo muy parecido a un genocidio.
Similar efecto también el de un documental sobre Gregorio Ordóñez, diputado del Partido Popular en el Parlamento Vasco y teniente de alcalde de San Sebastián, un hombre joven (vivió 36 años) con gran capacidad de liderazgo. En intervenciones suyas que recoge el documental, se percibe claramente su carisma, su fortaleza interior, su simpatía, su claridad de ideas, su fe en lo que transmitía, su eficacia, sus dotes de líder, su destino de triunfador. La cúpula etarra también lo percibió, y al no soportar que un español consiguiera la alcaldía de San Sebastián, lo condenó a muerte y ordenó asesinarlo a uno de sus pistoleros. Por ser español y querer seguir siéndolo.
Como en la escena de “El Padrino” en la que un mafioso entra en un restaurante y asesina de un tiro en la nuca a un comensal, Txapote entró en el bar “La Cepa” de San Sebastián e hizo lo mismo con Gregorio Ordóñez, representante del pueblo que almorzaba con amigos. El 23 de enero de 1995. El criminal asesinó también dos años después a Miguel Ángel Blanco por el mismo motivo, por ser y querer seguir siendo español. Los colegas de Txapote, además de presentarse como defensores de los derechos humanos, dan hoy lecciones y carnets de democracia.
Como ocurriría aún más intensamente después cuando lo de Miguel Ángel Blanco, el asesinato de Ordóñez produjo un efecto “espuma de cava” en el que la indignación popular se desbordó durante breve tiempo como el cava al abrir la botella. Pero al poco, el efecto acabó y el asesinato no provocó ningún cambio político sustancial. Cuando entró el féretro en el hall del Ayuntamiento donostiarra, la gente gritaba indignada y a la vez impotente “¡alcalde, alcalde, alcalde ...!”, como exigiendo que ocurriera lo que habría ocurrido si no lo hubieran asesinado. Pero la espuma entusiasta no sólo no se tradujo en alcalde donostiarra del PP, sino que hoy aquel crimen les resulta muy rentable a los colegas políticos de los asesinos.
Txapote no se ha arrepentido de sus crímenes. Dormirá bien. Si viera el documental sobre Gregorio Ordóñez, podría reírse viendo aquel inútil efecto “espuma de cava”, satisfecho de haber evitado que el españolismo se convirtiera en algo potente en Euskadi asesinando al que podía haberlo conseguido. Satisfecho porque gracias a sus crímenes y a los de otros, el PP es hoy poco relevante en Euzkadi, el nacionalismo gana por goleada, Bildu cogobierna a la España a la que odia con el PSOE obviamente traidor a España, y tiene la alcaldía de Pamplona regalada por el PSOE obviamente traidor a Pamplona y Navarra. Además, es fácil que pronto tenga la de San Sebastián y que el lendakari sea también suyo. Pueden estar satisfechos él y los que con él movíeron el árbol con goma 2 y pistolas Parabellum de 9 mm. Y agradecidos han de estar los que han recogido y siguen recogiendo las nueces.
Hay casos en la historia en los que triunfa el mal, y el de Euskadi es uno de ellos. La serpiente ha sido venenosa y astuta. Los hijos de las tinieblas no tienen barreras ni límites, se lo permiten todo, y en este caso la jugada les ha salido redonda. Maquiavelo decía que la mentira mezclada con la astucia triunfa casi siempre. La política de Pedro Sánchez y sus acólitos, Chivite incluida, contribuye a ese triunfo. Pero es obligatorio no resignarse ni rendirse. El “que te vote Txapote” tiene su razón de ser.
El cortometraje y el documental se proyectaron una tarde de sábado de octubre de “Cine para la tolerancia y contra el terrorismo” que organizan cada año la “Asociación por la Tolerancia” y la Fundación “Víctimas del terrorismo”. Actividad encomiable.