Gobernantes ajedrecistas, dimisiones, ceses
La política puede parecerse a una competición deportiva entre equipos por ejemplo de fútbol. Podrá ejercerse entonces como si España fuera nuestro club de fútbol grande y el presidente del Gobierno fuera el entrenador y sus ministros los jugadores. Y otro tanto como si nuestro club local fuera Navarra. Entrenadores y jugadores jugarían en tal caso para conseguir una buena clasificación del club España en la competición internacional, y del club Navarra en la autonómica.
¿Buena clasificación en? En educación, en sanidad, en riqueza, en seguridad, en justicia, en libertad, en separación de poderes, en decencia política etc. Si el club estuviera bien clasificado se mantendría al entrenador y a los jugadores, y si no, dimitirían (¿fue el caso de Adolfo Suárez?) o se les cesaría y cambiaría lo antes posible. Sería un buen modelo.
¿Ser cesado o dimitir? Si alguien es cesado, la iniciativa no es suya, es pasivo, hace lo que decide otro. En cambio, si dimite ejerce su libertad, su soberanía personal, es él quien actúa. Por eso, dimitir es humana y éticamente superior a ser cesado. De todos modos, tanto en ese buen modelo del juego político como en el fútbol, ser cesado y cambiado puede no ser negativo o humillante sino normal y hasta bueno.
En la Transición y años después, tuvo más o menos vigencia este buen modelo. Podía haber errores, malas prácticas o corrupción, pero por encima de eso había un clima o imperativo moral de decencia, cierta idea influyente del bien y del mal, de que no todo estaba permitido. Debido a eso, si a un político se le descubría una práctica indebida, en muchos casos no era necesario cesarlo, dimitía por sí mismo: venía a haber por su parte una especie de reconocimiento o confesión de la culpa y una aceptación y un cumplimiento de la penitencia (la dimisión) que en cierto modo lo redimía. Consecuencia todo esto de la benéfica influencia que aún ejercía el catolicismo en la sociedad. Algunos ejemplos: el vicepresidente Alfonso Guerra (PSOE, 1991) dimitió por los chanchullos de un hermano. Albero, ministro de Agricultura (PSOE, 1994), al saberse que no había declarado a Hacienda 20 millones de pesetas años antes. Narcís Serra, de Defensa (PSOE, 1995), por escuchas ilegales. Pimentel, de Trabajo (PP, 2.000), porque la esposa del director de Migraciones había recibido fondos públicos para una empresa. Fernández Bermejo, de Justicia (PSOE, 2009), por una polémica cacería. O Juan Manuel Soria, de Industria, (PP, 2016) por ocultar una sociedad familiar en un paraíso fiscal.
Hubo incluso dimisiones que fueron y son ejemplos de dignidad, de elegancia y de calidad democrática, como la de Fuentes Quintana, ministro de Economía (UCD, 1978), que dimitió por discrepancias con colegas del gobierno. O la de Fernández Ordóñez, de Asuntos Exteriores (PSOE, 1982), por desacuerdo con casos de tortura policial. O la de Corcuera, de Interior (PSOE, 1993), por haber sido declarados inconstitucionales dos artículos de una Ley presentada y apoyada por él. O la de Antonio Asunción, de Interior (PSOE, 1994), por la fuga del exministro Roldán. O la de Ruiz Gallardón, de Justicia (PP, i2014), por haber rechazado el acomodaticio Rajoy su reforma de la Ley del aborto.
También ha habido injusticias en las dimisiones, resultantes de un mismo modus operandi: una campaña feroz de la izquierda (especialidad de la casa) contra alguien, el alguien no la soporta y para que acabe el suplicio dimite. Un ejemplo lejano y otro actual: el presidente de Valencia Camps dimitió (PP, 2011) acusado de aceptar indebidamente TRES TRAJES (compárese con los EREs, Servinavar etc.). Tiempo después fue absuelto. Ahora, la especialidad de la casa ha forzado la dimisión justa quizás de Mazón por errores en la dana, y a la vez la injusta no dimisión de Marlaska ni del “Galgo de Paiporta”, tanto o más culpables. En el sanchismo no dimite nadie.
Con el sanchismo, la degradación es brutal. El juego de la política no se parece ya al buen modelo visto sino a una partida en la que el ajedrecista Sánchez juega exclusivamente para ganar él, y sus ministros son peones o fichas a los que maneja buscando acabar la partida ganando o al menos en tablas. Y si le conviene, juega sucio. Efectivamente, puesto que si Dios no existe todo está permitido, el ateo que presume de serlo Sánchez no tiene líneas rojas, es amoral y se permite hacer las trampas que le convengan para ganar o ir a tablas.
Sí, hay ceses, el amoral cesa a algunos corruptos, pero no porque considere inaceptable la corrupción (ahí están las saunas del suegro, los negocios de su mujer y de su hermano y por tanto de él mismo, las mentiras, la urna tras la cortina, la tesis doctoral, ¿el dinero del narco venezolano? ¿El capital en República Dominicana? etc.) sino porque mantenerlos le llevaría a perder la partida. Como ajedrecista tramposo de la política, utiliza a sus peones y demás piezas y los sacrifica como y cuando le conviene.
Hemos visto que en el acto de dimitir hay algo (a veces mucho) de dignidad, de nobleza, de calidad humana, moral y política, incluso cuando el motivo es haber hecho o tolerado algo indebido. En el sanchismo no dimite nadie por inexistencia de dignidad y porque muchos ocupan-okupan cargos que les vienen grandes pero les dan sueldos que nunca conseguirían por méritos propios en el mercado de trabajo. Un problema es que tiene seguidores. Del calibre intelectual y moral de los de Maduro. Otro, que es capaz de hacer en las elecciones lo que aquél.
En el reino sanchistabertzale de Chivite, similar panorama: chapoteo en el santoscerdanismo con Servinavar, la UTE mágica, los túneles tenebrosos, las adjudicaciones presabidas, los sobrecostes, el denunciante de malas prácticas castigado, el presidente de la mesa no jubilado, el tío segundo responsable último, las alianzas con proterroristas etc., y nadie dimite, el “progresismo” se agarra como una lapa a los sillones. ¿Dónde y cuándo otro chollo y “progreso” parecido?
Recientemente, a propósito de estos "negocios, una torre y un alfil intentaron ubicarse en el tablero un poco por sí mismos, pero sin que se notase mucho y sin dimitir por dignidad y decencia política (“¿qué es eso?”). La ajedrecista los echó del tablero y los cambió por dos peones obedientes intentando retrasar el jaque mate. Como su Pedro.
Ejercicio voluntario (para subir nota): explicar el papel de Zapatero en el cambio desde el buen modelo esbozado al principio hasta el nefasto actual modelo ajedrecista.