Opinión

Fiestas y tradiciones

Las fiestas de nuestros pueblos y ciudades, por ejemplo los recientes sanfermines, están llenas de rituales que se repiten año tras año. Unos más antiguos (cohete iniciador, procesión, encierros, gigantes, peñas …) y otros más modernos (cohete desde el Ayuntamiento, vestido blanco generalizado, cánticos al santo antes del encierro y tiempo después también en vasco, ofrenda floral de los niños al santo…). Unos bonitos, otros sin gracia (las peñas cantando cada día en la plaza “La chica ye ye” y otras similares con entusiasmo digno de mejor causa, el “encierro” de la villvesa...), e incluso algunos repugnantes (las mismas peñas cantando el “No hay tregua” de Barricada, y coreando con entusiasmo “ETA, ETA, ETA” tras el “pero alguien debe tirar del gatillo”). 

La conclusión a la que parece apuntar todo esto es que nos gusta la repetición, nos gusta conservar las tradiciones, que somos tradicionalistas. De todos modos, los más aficionados a inventarse e instaurar tradiciones para creerse que son diferentes son los nacionalistas vascos. 

Quizás hay dos tipos de tradicionalismo: uno en el que lo que se conserva es lo folclórico, y otro en el que se conservan cosas más serias que tienen que ver con el sentido de la vida, el tipo de sociedad o las ideas políticas. En el primer caso, se conservan costumbres o ritos por ser nuestros y a veces por bonitos. En el segundo, se conservan creencias y formas de vida porque se piensa que son verdaderas y buenas. 

Los navarros de hace años (ochenta o quizás hasta cuarenta) eran mayoritariamente tradicionalistas también en el segundo sentido. Creían que sus antepasados habían basado sus vidas en creencias y formas de vida verdaderas y buenas que merecían ser conservadas. Algún ejemplo de ellas: 

  • Que la verdad sobre el sentido de la vida estaba en el evangelio.
  • Que había una ley natural a la cual la voluntad humana debía subordinarse.
  • Que la familia natural (padre-madre-hijos) era una institución clave y debía ser protegida.
  • Que la maternidad era una forma excelente de realización de la mujer.
  • Que era bueno tener hijos y darles un nido estable y acogedor.
  • Que el sexo estaba naturalmente vinculado a la reproducción.
  • Que la homosexualidad era antinatural.
  • Que el aborto era moralmente malo.
  • Que la inocencia de la infancia era un bien a preservar,
  • Que el placer no era lo fundamental en la vida.
  • Que los planes de estudios debían ser exigentes.
  • Que tenían deberes con respecto a Dios, a sus padres, a sus hijos, a su sociedad, a su patria ....Etc. etc.

 

Los navarros de hoy somos tradicionalistas en el primer sentido pero no en el segundo, porque lo mayoritario entre nosotros es el progresismo activo o pasivo (que acepta pasiva y sumisamente los dictados progresistas). 

El progresimo es lo contrario del tradicionalismo: los progresistas creen que sus ideas, sus formas de vida, sus leyes, su sociedad, son siempre mejores que las del pasado. Lo que creyeron o hicieron sus antepasados lo consideran inferior a lo que ellos creen y hacen. Así, vemos que rechazan buena parte de lo que acabamos de señalar y asumen lo contrario. El resultado es: 

  • Apostasía y ateísmo generaliados.
  • Convencimiento de que la propia voluntad no debe subordinarse a ley natural alguna y puede decidir como le dé la gana acerca de lo bueno y lo malo.
  • Menosprecio de la familia natural y equiparación con las “familias” homosexuales.
  • Menosprecio de la maternidad y escasez de hijos.
  • Divorcios a mansalva.
  • Desvinculación antinatural entre sexo y reproducción.
  • La homosexualidad, motivo de orgullo.
  • Abortos a mansalva.
  • Planes de estudios que empobrecen el nivel cultural medio.
  • Convencimiento de que cada uno puede negar la biología y decidir cuál es su sexo, de que hay que sexualizar a los niños, de que el placer y el bienestar son lo esencial en la vida, de que sí derechos pero no tanto deberes etc. etc.

 

El injustificado complejo de superioridad del progresismo, su orgullo, su egocentrismo y su conciencia moral equivocados han producido una sociedad errada en aspectos muy importantes, decadente y degradada, que se va pareciendo cada vez más al distópico “Mundo Feliz” y camina hacia su extinción por incapacidad de facto para reproducirse. 

Aceptar pasivamente todo esto es hacerse cómplice. 

Hemos dicho que nuestros antepasados de hace ochenta años eran mayoritariamente tradicionalistas en el segundo sentido. Les tocó una España en la que las formas de vida y las creencias que creían buenas y verdaderas corrían peligro de ser aplastadas y eliminadas como en la URSS, y de forma muy generalizada se rebelaron en estos días de julio para impedirlo como se rebelaron los rusos blancos, y sacrificaron su vida para defender esa tradición a su juicio buena y verdadera. También aquí el progresismo es incapaz de reconocer la verdad de aquellos antepasados tradicionalistas (el asesinato del jefe representante de la derecha, Calvo Sotelo, por parte de “demócratas progresistas” puso negro sobre blanco cuál era el destino que les esperaba a los representados), y con sus falsificadoras leyes de memoria impone una visión de la historia en la que los nuestros mayoritarios son los malos y condenables. 

Aceptar pasivamente estas falsedades progresistas es indigno.