En la reciente Semana Santa, se ha desatado la fiebre viajera y consumista de siempre. Hasta hace poco, el Sistema animaba a eso, a buscar la felicidad consumiendo cuanto más mejor, gozando en su mayor parte de placeres corporales y viajando. Si algo ha sabido hacer la propaganda ha sido crear necesidades superfluas y trampantojos en los que aparece una felicidad engañosa y fugaz. Así, las víctimas de la propaganda se han lanzado a viajar. En general, buscando huir de la aburrida rutina del día a día, sentirse renovados viviendo experiencias nuevas en mundos nuevos; y hasta plenos y felices en paisajes que prometían ser apasionantes y paradisíacos en la oficina de viajes. Dispuestos siempre a contar el viaje a la vuelta a todo el que se deje y a enseñar fotos y comentarlas con entusiasmo. Nunca a reconocer que ha sido un espejismo. “¡Friki o pobre diablo el que no viaja y no consume!” ha venido a ser la consigna generalmente aceptada.
Pero este frenesí viajero y consumidor tendrá que ir al baúl de los recuerdos si individuos y grupos muy ricos y poderosos (Bill Gates, Soros, Zukerberg …, Foro de Davos, Club Bilderberg, G 20, G 7…) consiguen llevar a la práctica con la Agenda 2030 su famoso “no tendrás nada y serás feliz”. Si no tienes nada, difícil será que consumas y viajes mucho. El objetivo de su plan de empobrecimiento es -dicen- frenar el cambio climático y preservar la salud del planeta.
Y no están solos. Los Sánchez y Feijoo europeos van a esos foros a rendir pleitesía y recibir el “apto”; y lucen satisfechos en sus solapas el pin de la famosa Agenda. Bill Gates anda además profetizando que la Inteligencia Artificial liberará del trabajo, y si eso ocurre, facilitará la realización del proyecto: bastará establecer una renta muy generalizada o universal recibida sin trabajar, una especie de jubilación independiente de la edad, suficiente para vivir pero poco más.
Esa misma frase podría decírsela un abad benedictino a un aspirante a monje, ya que el monje tampoco tiene nada, renuncia a la propiedad al renunciar al Mundo para centrar su vida en Dios. Pero muy al contrario, el “no tendrás nada” de la Agenda 2030 nace en y para un mundo ateo. No se debe a que quieran convertir a Europa en un monacato. Además, la frase dicha por el abad seguiría significando lo contrario en cuanto que los monjes eligen la pobreza libremente, mientras que los superpoderosos pretenden imponérnosla obligatoriamente. Y también lo contrario en cuanto que el objetivo del monje no es vivir feliz sino vivir en la verdad, en la entrega a la oración y al trabajo (“ora et labora”), a Dios (aunque suelen conseguir la felicidad sin aspirar a ella).
A diferencia de la vida monacal, la que tratan de imponernos tiene toda la pinta de ofrecer una felicidad engañosa, atea, hedonista, sin mejora intelectual ni moral ni espiritual. Así que seremos pobres, hedonistas, ateos y vagos, mientras que los monjes trabajan, rezan y llevan vida ascética.
No tendremos nada, pero los superpoderosos lo tendrán todo. ¿Quién nos hará “felices”? Los mismos que nos lo van a quitar todo, seguramente mediante un macroEstado que ellos controlarán. Una dictadura o dictablanda. Si no tenemos nada, estaremos en sus manos, tendremos que ser sumisos a sus órdenes, a su voluntad omnipotente. Seremos como niños a los que se les da todo hecho, y si no obedecemos nos castigarán sin postre y ya no seremos “felices”. La horrible frase anuncia una feliz esclavitud.
¿En qué consistirá la nueva “felicidad”? Un relato de H.G Wells, “La máquina del tiempo”, mostró un mundo parecido al que se nos quiere imponer: una sociedad infantilizada cuyos habitantes no sobrepasan el estadio freudiano del “principio del placer”, a los que se les da todo hecho, que no trabajan (no tienen necesidad), “no tienen nada” y son “felices” con un hedonismo que no aspira a nada superior. Un descenso a lo infrahumano.
Otra idea complementaria del “no tendrás nada” que ya han empezado a anunciarnos es la de establecer zonas en las que supuestamente tendremos lo necesario para vivir y dentro de las cuales deberemos permanecer. Una especie de guetos. También por la salud del planeta. Adiós viajes. La idea recuerda de nuevo a la vida monacal (los benedictinos se autoobligan a vivir en el mismo monasterio por su “voto de estabilidad”) pero otra vez doblemente opuesta: nada de elección libre sino imposición. Y no para una perfección espiritual, sino para una vida subhumana en un mundo ateo. Ya ensayaron con éxito una medida parecida aunque todavía más brutal durante la pandemia, y todos, menos cuatro insumisos multados, obedecieron. Las cámaras de identificación colocadas en las calles podrán comprobar si obedecemos y merecemos ser “felices” o no.
Asoma pues la patita de un cambio a peor. Parece promovido por una especie de masonería versión siglo veiuntiuno. Y el sátrapa de la Moncloa, pelota obediente de los superpoderosos, en especia de Soros, estará encantado teniéndonos bajo su bota.