“La cara es el espejo del alma” es seguramente un refrán anterior a “después de los cuarenta, uno es responsable de su cara”, pero las dos frases significan algo parecido: que lo que vamos haciendo o siendo en la vida se va reflejando en nuestra cara; que el interior, nuestra identidad, se muestra al exterior en la cara. No ocurre siempre ni en el mismo grado, pero en cualquier caso la cara es la parte del cuerpo que más o mejor expresa quiénes somos.
Cuando ocurre, viene a ser una especie de justicia biológicomoral: la biología hace que la maldad-fealdad moral- no quede oculta en el alma sino que se exteriorice y se traduzca en fealdad física, quede a la vista de todos. Y a la inversa, que la bondad ... Como una especie de anticipo del juicio universal en el que todo quedará al descubierto y será el llanto y el crujir de dientes para los malos y la alegría para los buenos.
Como se sabe, Oscar Wilde jugó con esta idea en el “Retrato de Dorian Gray”, donde la fealdad moral de las maldades de Dorian, joven guapo y perverso, no se exteriorizaba en fealdad física de su cara, sino en la de un retrato suyo. Al morir, sin embargo, la horrible fealdad que hasta entonces estaba en la pintura pasó a estar en la cara de Dorian y por lo tanto a la vista de todos. También como ocurrirá en el Valle de Josafat, la maldad quedó al descubierto tras la muerte.
Seguro que muchos y muchas veces hemos pensado que Pedro Sánchez se parecía a Dorian: guaperas seductor, sin líneas rojas, perverso, sin que su perversidad se reflejase abiertamente en el exterior, en su imagen política, sin que la fealdad de su identidad apareciera ante los ojos de todos y se tradujera en un descalabro electoral; o sea, sin justicia biologicopolíticomoral. Pero parece que algo está empezando a cambiar y que al menos la cara del guaperas está comenzando a reflejar un poco su fea alma. Hagamos votos para que el proceso continúe y llegue a su culminación.
El saber popular ha expresado también su sabiduría moral con las expresiones “dar la cara” y “no dar la cara”. Con la primera ha valorado positivamente el reconocer los propios actos, el no esconderlos, el asumir la verdadera identidad y sus consecuencias. En definitiva, el no ser un Dorian Grey. Y negativamente el ocultarlos, el engañar en lo referente a la propia identidad.
De nuevo hay que traer a colación a Dorian Sánchez. Uno entre los muchos ejemplos posibles es el de su vergonzoso episodio de Galgo de Paiporta cobarde que no dio la cara y salió huyendo para no afrontar las responsabilidades de sus acciones o de sus inacciones en el caso de la dana. Y otro más global, el ocultar y no reconocer su responsabilidad o culpabilidad por la enorme corrupción que ha generado por activa o por pasiva. Como en el caso de Dorian, la cara ofrecida hacia afuera es falsa y opuesta a la identidad real oculta en su conciencia (si la tiene).
No dar la cara, taparla, ha sido mal visto por nuestro saber popular con razón, porque lo frecuente es ocultarla si vamos a hacer algo malo. Así, cuando los carnavales no eran mero folclore, los disfrazados se tapaban la cara no precisamente para hacer obras de misericordia. O se la tapan los asaltantes de bancos. O los jóvenes abertzales programados para utilizar la violencia y generar el consiguiente miedo, que dicen luchar contra el fascismo agrediendo a Vito Quiles y oyentes, a VOX, a la tienda “Sabor a España” o a quien se les ocurra, pretendiendo que la calle, la universidad y todo se someta a sus dictados. He ahí lo más parecido al fascismo y al nazismo, y una muestra de barbarie en la fauna política actual.
Está también lo de las mujeres musulmanas que ocultan su cara casi totalmente con el niqab o totalmente con el burka. Si el fenómeno se diera sólo en sus países de origen, sería su problema, pero es también el nuestro si se da aquí. Si el saber popular piensa que ocultar la cara (la propia identidad) no es bueno, este caso no es una excepción. Tapar la cara de esas mujeres es anular la parte del cuerpo más identificadora, es ocultar-negar su identidad, su unicidad, su ser personas, y pasar a ser objetos idénticos repetidos. Como borrar sus huellas dactilares, ser seres sin atributos, nadies.
Podría buscársele algún aspecto positivo diciendo que ese ocultamiento protege a la mujer de las miradas o deseos lascivos, o que pone de manifiesto que sólo uno tiene derecho a verla. Pero esas justificaciones mostrarían una injusta desigualdad, pues, ¿por qué no hacer lo mismo y por lo mismo con los hombres? La desigualdad no se sostiene, es una muestra del sometimiento de la mujer al hombre. Tampoco se sostiene el ocultamiento porque puede ser además un problema de orden público. Asaltantes de bancos, terroristas o violadores podrían echarse a la calle a actuar ocultos bajo esas prendas.
La izquierda y el nacionalismo (PSOE, Sumar y aliados) han rechazado recientemente tanto en el Parlamento nacional como en el foral una propuesta encaminada a prohibir tales prendas en espacios públicos. Y presumen de feministas y sacan pecho el ocho de marzo. Habría que condenarles (a ellos, ellas y elles) a llevar puesto el burka una buena temporada.