¿Cuento de Navidad o de invierno?

Sin duda de invierno, pues aunque los hechos ocurrieron los días 23 y 24 de diciembre, no tuvieron nada que ver con la Navidad sino con el solsticio.

El comienzo de los actos estaba programado para las doce del mediodía del 23. Poco antes de esa hora, empezaron a llegar coches con los invitados. Dejaban a sus pasajeros en el jardín, ante la puerta de Palacio, y seguían hasta al aparcamiento. Casi todos eran representantes de colectivos afines: de cantantes y actores progresistas (algunos ya viejas glorias decrépitas), de periodistas, de locutores de radio, presentadores de televisión y tertulianos fieles, del sindicalismo, de las juventudes y senectudes socialistas, de la organización abortista Planned Parenthood, de los heroicos componentes de la flotilla de Gaza, de colectivos LGTBI, de inmigrantes sin y con papeles, de menas etc., mas tres imanes de mezquitas de Madrid. El Presidente hizo acto de presencia pronto y los fue recibiendo y saludando. Vestía chándal y deportivas, y llegó acompañado del ministro del Interior y del de Transportes, y con un balón de baloncesto en la mano. Venían de tirar unas canastas. En las invitaciones se había advertido de que se podía vestir de manera informal. 

Llegaron también otros cuatro ministros del núcleo duro que ayudaron al Presidente en su labor de anfitrión. Aparecieron además el portavoz del PSOE en el Congreso, el de ERC y la de Bildu, ésta con el feo olentzero como regalo. Nadie de Podemos ni de Junts ni del PNV.

Una vez llegados y saludados, tres bolivianas bajitas y orondas salieron de Palacio con trajes de colores vivos y típicos bombines andinos. Sacerdotisas de la Pachamama, eran las encargadas de repetir en Moncloa la ceremonia precolombina encaminada a reavivar y fortalecer al sol en ese momento difícil de debilidad suya del solsticio de invierno, para que siguiera enviando luz y calor a la Pachamama. Las cholitas se acercaron a un brasero preparado al efecto, y con tres palas pequeñas empezaron a coger de un saco paletadas de una substancia como granulada hecha de resinas y a echarlas al brasero. Debía de ser inflamable, pues provocó que de las brasas antes mortecinas brotasen llamaradas intensas. Las sacerdotisas tenían el poder de conseguir que lo semejante actuase sobre lo semejante, que lo que había ocurrido en el brasero provocase en lo semejante -en el sol- algo semejante, que así como de las brasas pobres había surgido fuego intenso en el brasero, así del sol débil iría surgiendo un sol potente con llamas y calor renovados en la primavera y el verano. 

Con el fuego avivado, las bolivianas se arrodillaron y levantando los brazos hacían reverencias hacia la hoguera cantando algo incomprensible para los presentes, a los que invitaron a repetir con ellas su acto de adoración. Algunos las imitaron. El Presidente, con entusiasmo.

Acabada la ceremonia se entró en Palacio donde se sirvió un lunch (antes “vino español”). Camareros y camareras vestidos de papanoeles llevaban bandejas de fritos y servían vinos, cava o refrescos. Los imanes tuvieron comida halal y bebieron te. El acto fue distendido y agradable. El Presidente dijo unas palabras: pidió perdón a las bolivianas por la colonización, felicitó el solsticio y animó a luchar contra el cambio climático y a defender el pacto verde. Se le aplaudió. Dos ministros entonaron el “Es un muchacho excelente”, y todos excepto los imanes se sumaron. Fue un momento emotivo.

Finalizado el acto, los invitados abandonaron La Moncloa y el Presidente subió sin cambiarse a un helicóptero y voló rumbo a Benasque. Su enamorada y las niñas habían volado en otro a primera hora para aprovechar la mañana esquiando en Cerler. El enamorado llegó pronto, y como quedaban horas de luz, se cambió en el hotel, y el chófer le llevó a las pistas, donde estuvo esquiando hasta que anocheció. Al día siguiente, 24, lo mismo, esquí en plan familiar. Al atardecer se pusieron guapos y salieron a dar una vuelta por Benasque. Pueblo agradable, gente mirando con curiosidad y saludando. El Presidente sonreía ufano mientras tarareaba mentalmente su canción favorita: “… sigo haciendo lo que quiero y mi palabra es la ley … ¡Pero sigo siendo el Rey!”.

La cena del solsticio empezó a las 21 horas en un comedor reservado. Además del matrimonio y las niñas estaban el famoso hermano y amigos de Benasque, de ellos y de las niñas. Once en total. La cena, frugal: caviar y ostras de aperitivo, crema de pescado, angulas, vinos y champagne, y postres y copas. 

Cuando estaban acabando las angulas, entró uno de los escoltas y le dijo algo en voz baja al Presidente, quien tras un “ahora vuelvo”, se levantó y salió. El escolta le acompañó a la puerta del hotel, donde se encontró con una pareja de la Benemérita y un civil que dijo “Me acompañan estos dos números, el señor Morán y Sucunza, y yo soy el juez Despeinado. Traigo esta orden de detención inmediata contra usted por riesgo de fuga”. Se la enseñó.

Al oir eso sufrió un vahído, y habría caído si no le hubieran sostenido el señor Morán y Sucunza, quienes lo sentaron en una silla y lo abanicaron. Cuando consiguió semirreponerse, empezó a farfullar de manera poco clara algo sobre golpes de Estado y jueces fachas. Despeinado le cortó en seco diciéndole que lo que ahí había era un golpe contra la corrupción. El señor Morán, como quien quiere que se le vea lo que está haciendo, abrió la funda de su pistola sin llegar a sacarla. Viendo que la cosa era irremediable, el Presidente pidió entrar en el comedor a despedirse. Despeinado dijo que lo sentía pero que no podía correr el riesgo de una fuga. Minutos más tarde, un helicóptero emprendió vuelo hacia Soto del Real. 

FIN.