La cosa empezó en la frutería cuando, al ir a pagar, la vendedora dijo “veinticuatro con ochenta, cariño”. Quedé impactado, no por la cifra, que me la temía, sino por el “cariño”, aunque no dije nada. Volví a casa dándoles vueltas. ¿Qué algo nuevo habría descubierto en mí esa mujer? En el espejo no vi nada distinto capaz de encariñar repentinamente a una frutera.
A la semana volví y se repitió el ”cariño”. Tampoco me di por enterado, pero seguí impactado. La situación se cronificó y sopesaba si encararla y aclararla. ¿Decirle que ella era también mi cariño, y que los mutuamente encariñados no podíamos quedarnos sólo en bonitas palabras sino que había que pasar a la acción? ¿Y si ponía el grito en el cielo y me acusaba de acoso, de agresión, de machismo? Se me caería el pelo y se habría arruinado mi ya pobre reputación.
La cosa se complicó cuando en la panadería la dependienta y en el pequeño gastrobar la camarera me lo dijeron también. Mi autoestima subió. Pensé, acordándome de Don Mendo en “La venganza”: “¿pero qué “las” doy, qué tengo?”, y también: si algún hada o duende me habría echado, como Puck en “El Sueño de una noche de verano”, gotas mágicas capaces de enamorar a la primera que me viera.
Si lo de pasar de las palabras a la acción era ya problemático con una, con tres no digamos. Si las cosas se torcían, podía pasar a ser señalado como acosador reincidente, un psicópata, un monstruo.
Sufrí por un lado una decepción y por otro un alivio cuando en Mercadona ninguna cajera me lo dijo al cobrarme. Sólo hubo un “que tenga buen día”, que está bien y se agradece, pero que no es lo mismo. Y sufría decepción-alivio también cuando, al cruzarme con alguna por la calle, me ignoraba. ¿Por qué las vendedoras sí y las viandantes no? Misterio que mis “poderes” sólo funcionasen en pequeños negocios y no en la calle.
Me tranquilicé también sin sufrir decepción cuando fui al zapatero y al acabar no dijo “cariño”. “Menos mal -pensé-, sólo faltaba que el hechizo hubiera funcionado también con éste”.
El castillo de naipes se vino abajo cuando fui viendo que muchas vendedoras de tiendas pequeñas decían“cariño” a todo quisque. No así los vendedores. ¿Por qué ellos no? ¿Menos cariñosos? ¿Más sentido del ridículo? ¿O más miedo o precaución? Si se lo dijeran a una clienta, ¿no sería criticado y hasta condenado como lo ha sido el piropo? ¿Podrían llegar a ser acusados de machismo, acoso o agresión? En ese caso, ¿no debería hacerse lo mismo con ellas? Pero eso es inimaginable, y además “acusar” de feminismo no es acusar, no tiene el carácter negativo que tiene la palabra “machismo”. En fin, cuestión menor, pero una muestra de que la balanza está desequilibrada en perjuicio de los varones en ciertos asuntos. Nuestro papel es el de ser los malos en el teatro social, nunca las víctimas de una injusticia. Y no tenemos un “8 de marzo” masculino. Otra muestra.
Por otra parte, las (¿y los?) que ejercen el oficio más antiguo del mundo se han dedicado desde siempre a decir“cariño” y a "darlo" por dinero (lo saben bien muchos jerarcas socialistas). ¿El “cariño” de las vendedoras tiene algo que ver con eso? Técnica de ventas un poco boba con éxito en un tiempo bobo. A “el cliente siempre tiene razón” se le ha añadido la bobada de que merece cariño. Así, ir a comprar satisface también el narcisismo del“me lo merezco”. Asunto menor pero significativo no tanto de lo afectuosas que son algunas, sino del postureo ficticio reinante.
Si los múltiples asesores llegan a la conclusión de que es técnica eficaz, oiremos a las políticas progres decir “cariño” en los mítines a los asistentes, y en los Parlamentos y Ayuntamiento a los suyos y a la derecha en los casos en que les compre la mercancía (aprueba sus propuestas). A VOX nunca, claro.
In illo tempore, Manolo Escobar cantaba una copla: “Ni se compra ni se vende / el cariño verdadero. / Ni se compra ni se vende./ No hay en el mundo dinero / para comprar los “querere””. Otros tiempos. No todo se vendía ni se compraba.