Las dictaduras tratan a la mayoría como menor de edad, no le permiten expresar su opinión ni con la palabra ni con el voto etc. Las democracias presuponen que todos somos intelectualmente adultos, capaces de adquirir opiniones de forma razonable, con espíritu crítico etc. etc.
Quienes tienen y ejercitan esas cualidades que la democracia presupone (madurez intelectual…) disponen de unos cuatro años para ver qué dicen y hacen los líderes y partidos y hacerse idea de quién se adecúa mejor a sus convicciones. Al convocarse elecciones tendrán decidido su voto sin necesidad de campaña electoral ¿Cuántos pueden ser? Poco antes de las recientes votaciones catalanas, se publicó que el porcentaje de indecisos era del 40%. Si tras una legislatura, casi la mitad no sabe qué partido encaja mejor con sus creencias, es que no se ha informado o no tiene esas cualidades de madurez que la democracia presupone. Todo ello propio de baja calidad democrática. Si no votasen, se perdería un voto poco cualificado. Y si se consigue llevarlos a las urnas mediante una campaña electoral, su voto será poco racional si la campaña es, como suele, poco racional. La racionalidad ganaría más que perdería con la pérdida de esos votos.
En cuanto a los debates, parecido. Los de verdad se hacen a lo largo de las legislaturas en los parlamentos. Los interesados e intelectualmente adultos han de tener una opinión formada sobre ellos y por tanto unas preferencias y una intención de voto al acabar las legislaturas. Son innecesarios en su caso. Y en el de los demás, en buena parte resultan perjudiciales: más que auténticos debates, los electorales son simulacros de debate con un componente importante de show televisivo. Poco hay de espontáneo y de auténtico en ellos y mucho de artificio. Los partidos pactan previamente el formato, los tiempos etc. Son como el toreo de salón frente al auténtico. El debate suele ganarlo aquel a quien le han hecho el mejor guión, le han diseñado el mejor papel y ha sido mejor actor. Poco tiene que ver todo eso con ser en el futuro un buen presidente. Quienes no se hayan informado sobre los debates reales durante la legislatura, si deciden a quién votar por lo que ven en esas dos horas en televisión, es fácil que tomen una decisión poco justificable racionalmente. Se repite lo de antes: pueden aumentar el número de votantes, pero con votos poco racionales. También con ellos se pierde más que se gana en calidad.
¿Y los mítines, viajes, carteles, mensajes, buzoneos, encuestas, visitas a mercados, abrazos a las gentes etc.? En las campañas se trata de decir, más que la verdad, lo que conviene para ganar. Supuestos expertos pretenden saber cómo responderá el electorado si se hace o se dice esto, si se calla o no se hace aquello, y deciden qué hacer y decir. Son campañas de ventas tratando de que el electorado compre (vote) al líder A, al B .... Se habla de “buena campaña” o “mala” según los resultados, que dependen no sólo de la campaña en sí, sino mucho del poder mediático de cada partido, que en Cataluña es enorme en el independentismo, y en España en el sanchismo (la teórica igualdad de oportunidades democrática es un cuento).Tienen bastante de manipulación. La verdad o no verdad de lo que se dice y se hace es algo secundario. Las encuestas muchas veces tampoco dicen la verdad sino que tratan de influir en las votaciones.
Dentro de esta mala tónica general, hay variaciones según los partidos, según su ética. Si se trata del de Sánchez, quienes decidan darle el voto movidos por sus campañas tomarán una decisión basada en manipulaciones y falsedades. Si se trata de partidos más veraces, los aspectos negativos no serán tan graves pero serán. Todo ello debilita o impide la racionalidad y la calidad de la vida colectiva.
Conclusión: si las elecciones se hicieran sin campañas electorales previas, nos ahorraríamos gastos innecesarios y mejoraría algo el mal estado de nuestra democracia. Habría menor participación, pero sería la prueba de que a muchos les es indiferente quién y cómo gobierne (¿merecen vivir en una democracia?). Se perderían votos, pero de poca calidad democrática. Mejoraríamos algo pero seguiríamos mal: al votar repetidamente a gobiernos que han pactado con nacionalistas, hemos posibilitado el debilitamiento o desguace de la nación, la desigualdad entre los españoles, los privilegios para los que se creen superiores, la persecución y exclusión del español, la desaparición del Estado en Cataluña y Euskadi, además del aumento casi suicida de la deuda, de la inmigración ilegal inintegrable, del aborto, del desplome de nacimientos etc.etc.etc. Y votar a Sánchez ha sido de facto votar cogobernar con delincuentes, golpistas y proterroristas, reinstalar el guerracivilismo en la convivencia, burlarse de las leyes, dejar maltrechos al Estado de derecho, a la separación de poderes, a la libertad de expresión… y acercarnos a la dictadura del fantoche que acaba de hacer el ridículo internacional (¡a ver si lo van conociendo!) retirando el embajador en Argentina porque Milei (al que habían insultado previamente su ministro Óscar Puente y otros) dijo que SU Begoña era corrupta, como si Su Begoña fuera España, como si él fuera el Rey Sol (“el Estado soy yo”). Se ha quedado corto. Tendría que haber declarado la guerra a Argentina, qué menos por SU Begoña. En resumen, decadencia y deterioro de aspectos importantes de la vida colectiva.
El nivel de una democracia depende del nivel moral y educativo-cultural, de que los votantes desarrollen y ejerciten esas capacidades que la democracia presupone. El deterioro de aquél entre nosotros ha sido el resultado del deterioro de estos dos. Como en tantos ámbitos, estropear ha sido fácil. Revertir la situación, arreglar las cosas, es dificilísimo. Y los dos grandes partidos supuestamente nacionales no parecen dispuestos a coger el toro por los cuernos.