Opinión

Apostasías

Raramente se oficializan en el Arzbispado (en una especie de ceremonia de antibautismo), pero las apostasíasde facto se multiplican. Lo de Azaña de que España había dejado de ser católica se está cumpliendo. La Navidad pasa a ser el Solsticio, la Semana Santa vacaciones de primavera, el domingo un mero día de ocio, el aborto un derecho … Lo sagrado y lo santo desaparecen. Las vidas se llenan con objetivos exclusivamente mundanos. La dimensión trascendente se atrofia o anula. Ocurre con ella lo que con la inteligencia: se puede tener mayor o menor capacidad de manera innata, pero si no se cultiva se atrofia, y se suele vivir satisfecho en estado de atrofiamiento. Y es cero tanto en los animales como en el “Mundo Feliz” hacia el que vamos. El mensaje cristiano pasa a ser un sinsentido dejado de lado. La semilla de la parábola se seca en el terreno pedregoso.

Empezaron ya en vida del Maestro. Palabras y pretensiones suyas resultaron tan escandalosas que provocaron el abandono de muchos y su condena a muerte por blasfemo y falso mesías. Cuando dijo que daría a comer su cuerpo, la mayoría de los que le seguían lo abandonó. Los once y algunos más se fiaron de él y le creyeron reconociendo su superioridad en sabiduría, bondad y veracidad. No decía como los otros profetas “así dice Yahvé …”, sino “se os dijo (por parte de Yahvé) pero Yo os digo …” (igualándose a Dios). Tuvo más pretensiones escandalosas, como que había venido a perdonar los pecados (prerrogativa divina), que era Luz del mundo, Verdad, que resucitaría, que nos juzgará al final del mundo ... A Simón-Pedro y los otros diez, todo esto debió de resultarles tan comprensible como a los que apostataron o a nosotros (a los de la dimensión trascendente atrofiada se la suda). Fiarse de él, creerle y mantenerse fieles les exigió (y sigue exigiendo) una especie de renuncia a la autosuficiencia, de humildad intelectual, de reconocimiento de la superioridad del Maestro. Por contra, apostataron y apostatan quienes ponen por encima de todo sus propias luces, juzgan desde su superioridad al Maestro y lo condenan declarándolo demente, iluso o farsante, de modo parecido al Sanedrín.

Si estos últimos están en lo cierto y él y sus discípulos fueron víctimas de sus propias fantasías, dice San Pablo que “somos (los cristianos) los hombres más dignos de compasión”. Discutible. Todos somos parecidamente desgraciados si la última instancia es la no conciencia, el sinsentido, el sinperdón, la sinsalvación, la nada, el universo ciego, en cuyo caso lo adecuado es el antihumano “Mundo Feliz”, como también dijo San Pablo con otras palabras. Pero si son los apóstatas los equivocados, ellos son los más desgraciados. Todo esto también se la suda al de la dimensión trascendente atrofiada.

Pese a no haberse sumado a la primera apostasía, acabaron apostatando todos: Judas al traicionarlo, Pedro al negarlo y los otros diez al abandonarlo y huir cuando lo apresaron. La apostasía pudo ser total y definitiva en aquel año 33. Todo parecía indicar que iba a serlo. De haberlo sido, el Maestro habría sido olvidado. Sin embargo, en cierto momento se produjo un vuelco, los apóstatas “desapostataron”, lo convirtieron de nuevo en centro de sus vidas, se las complicaron innecesariamente, “insensatamente”, dedicándolas a cumplir lo que les había mandado: a ser sus testigos, a difundir sus enseñanzas, hechos y la noticia de salvación, a perdonar los pecados, a vivir imitándole ... Hasta sufrieron martirio por hacerlo. El porqué de ese cambiazo inesperable lo da San Juan en su primera carta: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos tocado … os lo anunciamos para que vosotros también …”. Lo vieron y tocaron, la certeza de la resurrección lo cambió todo. Algunos les creyeron, no sólo gentes incultas y crédulas, sino filósofos por ejemplo platónicos que entendían que la Verdad es absoluta, eterna y existe independientemente de nosotros, y que la autosuficiencia racionalista es un error orgulloso. Y sabían que Platón había pronosticado que si alguien viniera a iluminarnos con la Verdad lo mataríamos.

En tiempos de egocentrismo simplón puede haber apóstatas incoherentes que se digan cristianos pero pretendan corregir al Maestro y negarle por ejemplo que fuera igual a Dios, o que resucitase, o que esté presente en la eucaristía (como si en la última cena, con el peligro de muerte inminente, las cosas estuvieran para metáforas); o sostener que no habrá dies irae final, sino día buenista en el que el veredicto será “todos inocentes” y habrá un bonito autoaplauso universal “porque nos lo merecemos”; o someter su mensaje a las ideologías de moda, al mundo, cuando él huyó del aplauso mundano, negó que su Reino fuera de este mundo y advirtió de que lo mismo que el mundo le odiaba y le perseguía, odiaría y perseguiría a sus seguidores. Formas de autoengañarse creyendo ser discípulos sin serlo, traicionándolo. De nuevo la autosuficiencia.

Parecidamente incoherente, aunque para bien, es declararse “culturalmente católico”, defensor de la sociedad creada por el catolicismo, de sus valores, conductas e instituciones, y al mismo tiempo ser apóstata, ateo o agnóstico. Es como querer que un efecto se produzca sin la causa, un imposible o un milagro. O como pedir peras (valores y conductas católicas) al olmo (a una sociedad atea). Milagro también. Extraño ser ateo y pretender milagros.

Y coherente para mal lo contrario, ser apóstata o ateo de toda la vida y ser culturalmente anticristiano y propulsor de una sociedad por ejemplo tipo “Mundo Feliz·o tipo woke, anticristiana. Lo fue el marxismo, lo son los neomarxistas hoy con tanto poder, y los superricos influyentes en la marcha del mundo occidental, y las instituciones, dirigentes políticos, creadores de opinión o medios de comunicación a su servicio.

Para acabar, algo que no es apostasía pero que no le anda muy lejos: la falta de sacerdotes, síntoma de poca disposición a ser sus testigos, de poca confianza en el Maestro, de poca fe y de excesivo apego al mundo. Quizás tenga algo en común con la falta de hijos, y sea una muestra más de la decadencia, de la falta de capacidad de compromiso, de autenticidad, de sacrificio.