España arde y leemos noticias que sublevan, como que el gobierno destina tres veces más dinero a subvencionar viajes de los jóvenes (¿comprar votos?) que a prevenir y combatir incendios. O que ha reducido a la mitad la inversión en prevención de incendios en sus siete años de presidencia. O que el Consejo de ministros aprobó el pasado 10 de junio el Plan contra incendios forestales al que destinó 115,8 millones de euros, un 68,41 % menos que el plan del año 2009, y un 34,29 % menos que el de 2022. O que este año redujo en once millones de euros el contrato de aviones antiincendios. O que ha destinado también tres veces más a las políticas de igualdad que a las de prevención y extinción del fuego etc.
Todas indican lo mismo, desastrosa gestión y pésima jerarquía de prioridades. Dejan claro que a Sánchez le ha importado nada que España ardiera. Por su negligencia tiene responsabilidad indudable en la destrucción de los bosques, y como de costumbre, no la ha asumido.
Si no le preocuparon los incendios antes de producirse, algo parecido ocurrió cuando se produjeron. Con la empatía que en él es habitual ante los desastres y los sufrimientos, en este caso de las víctimas del fuego, continuó sus vacaciones como si nada ocurriese mientras España ardía. No hay constancia de que esta vez dijera también “si quieren ayuda, que la pidan”. Finalmente, quizás empujado por asesores preocupados por la factura electoral que la inacción podía pasarle, se dejó ver y nos soltó rollos sobre el cambio climático para enmascarar su inacción y engañar a quien pueda.
Entre los incendios causados por la mano del hombre, unos lo son directamente por pirómanos que gozan contemplando la destrucción y otros por irresponsables que, por su negligencia, y buscando su propia utilidad inmediata (asar unas costillas etc.), contribuyen involuntariamente al fuego. El gobierno de Sánchez no pertenece propiamente a ninguno de esos dos grupos, pero su negligencia e irresponsabilidad lo sitúan no muy lejos del segundo.
La cosa además no acaba ahí y empeora, pues un país se puede “quemar” -destruir- no sólo por el fuego sino por políticas nocivas provocadas por “pirómanos” irresponsables que sólo buscan su interés a corto plazo. Y son muchos los desastres provocados –en este caso sí- por la acción directa del “pirómano” en muchos terrenos, como el de la unidad de la nación, el de la igualdad de los españoles entre sí y ante la ley, el de la independencia de los tres poderes, el de la libertad de expresión, el de la limpieza en la acción política, el del prestigio internacional etc.
Por otro lado, entre los socios de Sánchez, abundan los que disfrutan quemando banderas españolas. Gozan prendiendo fuego simbólicamente a España, y es natural que disfruten con los incendios que la están quemando y destruyendo realmente. Y los proetarras y demás radicales, también socios del personaje, se han hartado de quemar contenedores. Casi extraña que no les diera por quemar España dando fuego a sus bosques. Unos y otros han demostrado pues sobradamente su vocación de pirómanos, estarían encantados de prender fuego a España, y aun no habiendo provocado de facto los incendios de este verano, sí deben de estar gozando viéndola arder.
Están además los del “cuanto peor mejor”, también socios suyos, que desean que la situación de España se deteriore gravemente (que “España arda”) esperando que un paisaje económico y político calcinado facilite sus proyectos revolucionarios. Es fácil suponer qué sentirán ante la ola de incendios.
Total, que estamos en manos de unos que, por negligencia, son responsables de los incendios, y de otros que, por sus planteamientos políticos, no harían ascos a prender fuego a España y ven con buenos ojos que arda. En estupendas manos.
Hace años, tuvo cierto éxito una especie de chiste de denuncia políticoeconómica que decía: “Cuando el bosque se quema, algo suyo se quema, señor Conde”. Hoy habría que decir: “Cuando el bosque se quema, algo suyo se quema, señor españolito, y debería usted espabilar y quitarse de encima lo antes posible a los responsables por negligencia de la quema, y a los que, por odio a España o por afanes revolucionarios, se complacen con todo lo que signifique destrucción de España”.