El agua, como el trabajo digno, es un bien y una necesidad de todos y para todos. Primero se destina a calmar la sed de los hogares y luego, si sobra, riega jardines, salta en las fuentes y alimenta los huertos. Hasta puede llegar a nutrir los pastos verdes de un campo de golf, fíjate.
Como el dinero en el mundo que nos ha tocado vivir, el agua es precisa. Pero el vil metal, salvo patrimonios, lo proporciona el trabajo, bien tan prominente y vital como lo es el agua.
En medio de esta calma melancólica que todo lo cubre, late un ejército de sedientos mal pertrechados. Son tropas que suman entre 4 y 5 millones, según comentan. Ejército al fin sin generales, sin mando, que discurre a la deriva y que supone un dato frío y asumido, como el dato que cifra el asfalto al terminar, una tras otra, cada semana.
Resulta frívolo. Produce hastío escuchar argumentos en pro y en contra del arte de cúchares, sobre los derechos de éste ó aquel colectivo, de si el zutano de turno se ha pasado unas cuantas poblaciones cuando ha dicho esto o lo de más allá.
Mientras tanto, el ejército de parados, sediento y sin timonel, desespera en la cola madrugadora, vergonzante e interminable de acceso al Inem.
Agua, trabajo, dignidad. Es cuestión de prioridades, de escala de valores, de baremo. Conceptos irrenunciables, vitales, prioritarios, que no precisan argumentos más allá de una sencilla moral, y que deben desenvolverse pisando tierra firma, la misma tierra de todos que se riega con agua y se alimento del trabajo digno.