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  • Diario Digital | sábado, 17 de abril de 2021
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LO VASCO Y LO NAVARRO

LO VASCO Y LO NAVARRO

Cuando la legendaria Vasconia o Euskalherria iba gestando en su entraña milenaria la que iba a ser la primera de sus hijas, Navarra, no se conocían en la faz de la tierra los reinos ni las naciones. Desde la más remota edad, se gobernaba en repúblicas federativas, compuestas de valles y comarcas, que vivían independientemente, según su propio fuero, sus costumbres respectivas; copiando su forma de ser de la propia naturaleza.

La familia era la cédula de la sociedad y en ella descansaba todo el sentido social de la tribu. Ella era hogar, escuela, templo y fuente de la vida. El Euskera o euskara, su única voz, fue construyendo en milenios el edificio de su admirable sintaxis, la filosofía del idioma más ancestral que une al hombre a la naturaleza y que todos los navarros sin distinción debiéramos amar profundamente, conocerlo y defenderlo.

Esa lengua singular que hace posible que un vasco analfabeto -que no quiere decir ignorante-, conozca y emplee con destreza y hasta elegancia, millares de flexiones sin imaginar que pueda cometer una falta. No ha podido aprenderlas de memoria y sin embargo las conoce y con ellas expresa su pensamiento. Se puede decir que el euskaldun habla de instinto. “Nuestro idioma, dice Mdlle. de Jauregiberri, posee una armonía tan conforme al espíritu humano, que una falta de sintaxis hiere nuestro oído, lo mismo que una nota falsa en una frase musical”.

Navarra, primogénita de Vasconia, no puede separarse de ella. Su lengua, su fuero, se nutren de la misma esencia. Lo vasco y lo navarro son consustanciales a su propio nacimiento y existencia. Al privarles de cualquiera de ellos, se modifica su idiosincrasia y su espíritu muere. –Aquí cabe la frase de Iturralde y Suit, “me están robando mi yo”.- Idioma y Fuero/Libertades, que brotaron del alma del ser vasco, talladas con el aitzkora del Paleolítico y patinados por los siglos de supervivencia, no deben morir y para ello no deben separarse.

Todo el vacío que quedó en nuestra alma al perder casi totalmente el euskara se ha acrecentado al perder el Fuero. Basta ver los Fueros y la legislación consuetudinaria de nuestra área jurídica para darnos idea del retraso que hemos sufrido al perder leyes que aún hoy suponen objetivos a conseguir.

Ni fenicios, ni cartagineses, ni celtas y romanos, ni árabes, ni antes los vándalos del Norte, llegaron a dominar nuestro pueblo y quebrar su Lengua y su Fuero.

Al tiempo de la irrupción de los árabes, los vascones juzgaron conveniente elegir rey, pero antes de nombrarle, acordaron que había de gobernar según derecho y jurar los Fueros.

O quizás fuera el altivo Carlomagno el talismán que empujó a los vascos a la unidad para la defensa de su territorio. Aún habrían de pasar casi cuatrocientos años para que Navarra inscribiera su nombre en el libro de la Historia. Según Pier Narbaitz, historiador oriundo de la Baja Navarra, el primero que utilizó la palabra Navarra fue precisamente el monje Eguinardo en su crónica sobre Carlomagno y la batalla de Roncesvalles escrita en el S. IX.

Durante la época romana encontramos ciudades vasconas a las orillas del Ebro, regidas por en relativa autonomía otorgada por los pretores romanos. Auntonomía que constituye el primer esbozo de lo que había de ser la postrera expresión foral. Fuero, que es igual a pacto del Imperio, de la Corona, con el país invadido, para garantizar la personalidad soberana de éste en materias de su competencia, referidas a la subsistencia del propio país con su idioma, su cultura, su administración, etc., etc.