Opinión

La Poesía está de luto

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Es triste que la vida, en su inexorable devenir, tenga que llevarse por delante a personas de la sensibilidad poética de ANA HUGUET LOPEZ. Desde hace más de sesenta años vengo siguiendo, lectura dixit, a una poetisa con quien jamás he tenido la dicha de cruzar una palabra dicha (valga la redundancia). De siempre me admiró su estilo poético personalísimo, sin estrambote, alejado de toda pretensión académica. Maravilla de flor silvestre que solo nace en lo alto de los montes, una y no más entre un millón. Una persona así no podía despedirse de todos sus convecinos sin dejar muestra de su broche de oro. Y aquí lo tuvimos, publicado aprisa en la víspera de Fiestas, como no podía ser menos. Pienso que, al asentar este último poema dedicado a su dilecta Santa Ana, a nuestra querida Patrona y Abuelica, tuvo muy presente que en fecha breve se encontraría con Ella en las alturas. Las dos Anas se amaban en profundidad, y hubo de esperar cerca de un siglo para celebrar su primera entrevista, bis a bis. Allí le declamaría sus últimos versos preciosistas:

“Y jinete a la grupa de estrellas

que pálidamente tu luz reflejaran

ofrecerte la llama de un cirio

hecho cera con flor de Mejana

por abejas de Montes de Cierzo

abrazado en un ramo de albahaca”

… ¡Habrá forma más solemne de dirigirse a una Abuela!... ¡Con qué gusto la escucharía Santa Ana! No creo que tudelano alguno le haya dedicado tantos piropos a la Madre de la Madre de Jesús. Al menos no es conocido por mí.

Ana Huguet puede legítimamente considerarse la discípula predilecta, la propagandista mayor de nuestra querida Patron. Bien haría alguien con medios suficientes en recopilar la infinidad de sus versos maravillosos y ofrecerlos como un ramillete de rosas a quienes sepan apreciarlos. Es obvio que una madre nunca muere mientras perdure en la memoria de sus hijos y allegados. Y una poetisa tampoco muere en tanto perviva en la recreación de su obra poética. Dije al comienzo, y lo confirmo, que nunca tuve la dicha de cruzar una palabra con esta mujer excepcional. Pero me consta –pongo por testigo a su hijo, el profesor Soler- que leía con deleite mis artículos publicados sobre temas tudelanos. Todo un honor para mí, viniendo de persona tan exquisitamente dedicada en cuerpo y alma a la creación poética.