Opinión

Cuando el calor deja de ser episódico

Son muchas las personas que todavía recuerdan la primera quincena de agosto de 2003 por vivirse una sucesión de jornadas de calor asfixiantes. Así lo atestiguan los datos de las estaciones meteorológicas: en zonas del centro de Navarra se superaron las 150 horas por encima de 30ºC en apenas dos semanas y hasta 13 noches tropicales consecutivas (sin bajar de 20ºC), algo que no se ha vuelto a repetir en la Comunidad Foral. Es cierto sin embargo que el año pasado nos acercamos en la ola de calor de agosto con más de 130 horas y cerca de 10noches tropicales y que en las olas de calor de finales de junio de 2019, julio de 2022, agosto de 2012 y agosto de 2023 también se rebasó ampliamente ese umbral de 100 horas por encima de los 30ºC. Aunque es a menudo lo que se lleva el titular lo relevante no es únicamente la temperatura máxima alcanzada, sino la duración del estrés térmico, en forma de acumulación sostenida de horas por encima de umbrales críticos. En climatología, la persistencia es tan importante como la intensidad: varios días consecutivos con temperaturas superiores a 30ºC y sin bajar de 20ºC generan impactos acumulativos en la salud, ecosistemas, infraestructuras y economía. ¿Y el episodio actual? Pues ya sabemos que está al nivel del de 2003; la diferencia es que ha llegado casi dos meses antes en el transcurso del año, y cuando el sol está más alto en el cielo, lo que también es relevante ya que al calor se le suma una radiación más elevada. Por otro lado, tres jornadas, las del 22, 23 y 24 de junio, se han colado ya en el ranking de las 7 más calurosas en la historia de la meteorología navarra. Y un dato interesante: en los últimos años se nos disparan más las mínimas que las máximas, lo que también tiene bastante importancia en distintos ámbitos. 

Aunque no se disponía en el siglo pasado de series horarias automáticas como las actuales, la evidencia observacional disponible apunta a que estos episodios superan con claridad los eventos de calor conocidos en la segunda mitad del siglo XX, tanto en intensidad como en persistencia (en Navarra destacan “sólo” cuatro de unos 4-5 días de duración en 1957, 1982, 1987 y 1995).

El año en curso añade un elemento de preocupación adicional: Navarra ha sufrido ya dos episodios extraordinarios en abril y mayo, algo inusual por su precocidad y repetición. A ello se suma la ausencia prolongada de precipitaciones desde mediados de mayo, que ha reducido la humedad del suelo y dejado el territorio en condiciones de elevada vulnerabilidad. En este contexto, los episodios de calor del verano de 2025 y los que estamos sufriendo se encuadran en una secuencia más amplia de extremos encadenados, donde el calor llega antes, dura más y se repite con mayor intensidad.

El fenómeno plantea ya una cuestión de fondo: si estos eventos están dejando de ser excepcionales para convertirse en parte estructural del verano en Navarra, ¿están preparadas las infraestructuras, el sector agrario, la salud pública y los ecosistemas para convivir con ellos? Esto implica riesgo para trabajos al aire libre, especialmente en agricultura, construcción y servicios forestales o municipales, reduciendo la ventana diaria de trabajo progresivamente o un estrés hídrico magnificado en cultivos y masas forestales, con caída del rendimiento agrario, maduración acelerada y pérdida de calidad. En el caso de incendios la combinación de vegetación seca, temperaturas elevadas y baja humedad crea condiciones propicias para incendios de rápida propagación y alta intensidad. De hecho, estamos solo a un paso de ver un megaincendio en el tercio norte de Navarra porque todos los ingredientes necesarios ya están sobre la mesa En este escenario, los episodios de calor prolongado actúan como amplificadores del riesgo.

El problema de adaptación territorial, económica y social ante un clima cada vez más extremoes enorme, se quiera ver o no. El calentamiento actual promedio en Navarra desde finales del S.XIX supera ya los 2 ºC pero se pronostica que alcanzará los 4ºC en cuestión de muy pocas décadas (y más en verano), al igual que ocurrirá en otras zonas de la Península y suroeste europeo. En Francia ya contemplan un plan nacional de adaptación a 4ºC para 2050-2060.

Como ha señalado recientemente el climatólogo del IPCC Christophe Cassou para el caso de Francia, resulta ilusorio pensar que la Comunidad Foral puede adaptarse sin romperse a un escenario de calentamiento de 4 °C. Imaginar de forma honesta y valiente una Navarra a 4 °C implica debatir desde ahora, de manera colectiva, democrática y transparente, qué decidimos conservar y proteger, y qué se debe sacrificar y abandonar. Cualquier otro discurso corre el riesgo de convertirse en una forma de irresponsabilidad, porque traslada al futuro decisiones que deberán afrontarse en un contexto mucho más difícil y con menor margen de actuación.

Por último, los escenarios climáticos no son lineales: existen límites e irreversibilidades en los ecosistemas y en nuestras propias sociedades que no pueden ignorarse. Adaptación y descarbonización deben ir juntas y correr mucho. Por ello, cualquier interrupción en las políticaso marcos de reducción de emisiones no solo dificulta frenar el calentamiento, sino que también reduce nuestra capacidad de adaptación ante sus consecuencias. En ese sentido, cualquier forma regresiva en materia de descarbonización no es solo un error: es una apuesta profundamente irresponsable con el futuro y, en última instancia, una forma de suicidio colectivo a largo plazo.