Cinco años del timo
Parece que fue ayer mismo, pero hoy, 14 de marzo, se cumplen cinco años del decreto del estado de alarma con resultado de confinamiento de la población, que nos hizo comenzar a padecer eso que denominaron “Pandemia”. La OMS, ese torticero e interesado lobby farmacéutico de la Organización Mundial de la Salud, la había declarado “emergencia de salud pública de importancia internacional”, el 30 de enero de ese mismo 2020, apoyándose en una preocupación global por algo nuevo que, a la postre, hizo menos daño que una de esas gripes estacionales o temporales de las fuertes, u otras olas de una u otra enfermedad que asolan la parte pobre del planeta cada año, por la desidia e hipocresía del primer mundo, y con el temita de marras nos tuvieron entre la espada y la pared hasta el 5 de mayo de 2023 de una forma que, sin duda, ha marcado nuestra historia y la gestión de ésta y de la realidad.
El escenario, a la postre la “Plandemia”, sólo fue una falsa alarma, una estrategia de dominio, manipulación y control y, con la excusa de un virus, nos encerraron, condicionaron y eliminaron derechos fundamentales alegremente durante meses y meses, jugando con la presión de la carga de la prueba. Engañándonos, confundiendo a la opinión pública y a la publicada con medidos mensajes hipócritas, improvisados y falsos.
¡Todo consistió en una ocurrencia perversa! -y, por supuesto, interesada y aún por desvelar-. Y el juego le encantó al mundo político: Todo fueron posturas para ver quién se ponía más de soslayo, quién era más de lo más, de entre todos los tontos colectivos, que fuimos muchos, por activa o por pasiva. Y luego los ciudadanos, la gente... Esas grandes personas señaladoras, -acusadoras de visillo-, críticas desde el amplio conocimiento informativo brindado por las televisiones, sic. Y vigilantes, muy vigilantes… Inoculadas de experimentos y repletas de consignas maliciosas, cuestionaban quién tenía perro o no que pasear. Quién contaba con personas mayores -mal ‘aparcadas’ habitualmente-, pero deseosas de atender para poder salir de casa, para poder gestionar psicológicamente una situación excepcional, anormal e ilegal de mayor gravedad que la propia guerra.
¡Mejor no pensarlo más para no desfallecer! ¡Siempre quedará el perro como mejor y fiel compañía incondicional y amor sincero! ¡Porque lo que se ha visto de nosotros mismos tras este excepcional experimento 'protector' colectivo, global y conductual, no nos deja en muy buen lugar, la verdad! Y, desde entonces, es mejor no repasar cómo anda la peña de la azotea, porque las crisis mal gestionadas, por supuesto que al final -no sólo durante-, y por largo tiempo, se pagan: ¡Jodo cómo estamos si miras a la cara a la gente e intentas cruzar dos palabras educadas, un lustro después! ¡Las consultas de psicólogos y psiquiatras, sin duda, aún ahora deben andar a rebosar!
Muchas cosas han cambiado, y mucho, desde entonces: ¡Y lo peor es que ha sido para mal! “¡Saldremos reforzados y mejores”, decían. Pero no fue ni lo uno ni lo otro. Mientras tanto, nos tenías entretenidos con acciones absurdas como mascarillas -híper rentables-, aplausos desde el púlpito personal de cada balcón y hasta con mediocres y aldeanas medidas como rociar las calles manipulando al voluntarioso colectivo de agricultores que, ciegamente con sus tractores, en su afán de ayudar y participar, contribuyeron a un escarnio bochornoso y febril, falsamente protector y municipalmente servicial que consistió en ‘sulfatar’ las calle de lejía. ¡Una gran y acertada praxis, evidentemente!
Aún guardo en la memoria, como algo lúgubre y triste, ese Ejército de Pancho Villa desfilando por las calles, obediente y marcial. ¡Cuánto gozaron algunos con la imagen tétrica del orden manu militari que su presencia imponía! ¿Qué aportaron más allá de sembrar más miedo y condicionar más aún a una ciudadanía perpleja y -lo más doloroso-, absolutamente aborregada e inmóvil? Podrían haber guardado energías para, con todo el saber que acumulan y cuentan esas poderosas Fuerzas de Seguridad del Estado, frenar el tráfico de drogas en el Estrecho, por poner sólo un ejemplo de donde realmente se les necesitaba -y necesita- y nadie sabe dónde están, ni qué hacen nunca.
Aseguraban que cada paso, cada medida que se iba pariendo, era por nuestro bien. Pero sólo se trató de experimentar con eso del control mental: Cada mandado, por Decreto, fue como un aborto continuado de una especie de desidia y ocurrencia, instintiva y febril, a cuál más alocada, maniquea y absurda. Y así nos tuvieron, más de dos años de idas y venidas, de gravísimas ilegalidades -que ahí quedaron sin secuelas ni castigo-… ¿Dónde estará la Judicatura? ¡Pobre Montesquieu! ¡Ni aún separándolo, ha servido el poder para nada más que para rentar al de siempre y reforzar su poder! A la postre, sólo practicaron e investigaron cómo poner a prueba las técnicas del miedo -y del terror, porqué no decirlo-, que siempre han funcionado: Estamos de nuevo en ello ahora mismo con ese tinglado ecléctico llamado “Ucrania”… ¡Qué pobre gente, pagando el pato de los intereses de unos y otros! -Y de la OTAN y la 'inversión' en armamento militar, hablamos otro día-.
Nos utilizaron de cobayas con eso de las múltiples vacunas, experimentos génicos para los que se brindaron al juego libres y gratuitos voluntarios experimentales, que ahora lo están pagando con ictus, infartos y sabe Dios qué otras secuelas y efectos secundarios que ahora padecemos calladamente. ¡Se trataba de probar los fármacos con Patente de Corso en lugar de siguiendo los protocolos sanitarios establecidos! ¡Y total, era igual, el objetivo último era y es frenar la caída libre del capitalismo y reducir la población para seguir como estamos y terminar de destrozar el planeta! ¡Si caían y caen por el camino, es lo mismo! Ellos lo permitieron y consintieron. ¡Y nadie es responsable! Bueno, ¡no! Las últimas sentencias están apuntando a los sanitarios que pincharon las pruebas en cada nueva ola de estúpida vacunación.
“¡Devórame otra vez!”, canta la famosa salsa, y viva la Vida… ¡Carpe diem! ¡Lo demás sólo es sueño, ha quedado claro!
¡Vacúnate otra vez y sigue mirando para otro lado! ¡Nos va tan bien que es mejor seguir brindando al sol! Es más fácil así soportar la carga, aunque no sirva de nada.