Opinión

Fiestas ’26

Bienvenidas un año más nuestras queridas fiestas de Tudela, donde, de la noche a la mañana, las normas cambian, suspendemos la vida normal por unos días y nos permitimos ser menos correctos y más auténticos, viviendo noches que no queremos que terminen, momentos que luego se vuelven inolvidables y esa sensación “rara” de estar viviendo algo que, mientras ocurre, ya da nostalgia.

No son solo cohetes, gritos de alegría, encierros, camisetas manchadas de vino y cerveza derramada; son también fragancias, detalles invisibles que las hacen únicas y parte de nuestra identidad, donde sacamos lo más humano y sincero que poseemos.

Y, pese a toda esa alegría, siempre hay un acto que las viste de negro, y es que resulta cada vez más difícil justificar las corridas de toros como si fueran una expresión cultural intocable. Y no hablo de los encierros, los recortadores, las vaquillas, etc.; eso puede seguir formando parte de nuestras fiestas. Pero en estos tiempos en los que el respeto a la vida se alza para todos, las corridas son una controversia incomprensible, y hablar de esa tradición no es viable porque ahí no se respeta la vida. Una tradición, por sí sola, no convierte una costumbre en algo éticamente aceptable.

Tudela, una ciudad que avanza, debería replantearse este tema en serio, puesto que no representa un ejemplo inspirador para las nuevas generaciones y, mucho menos, un legado del que sentirse orgulloso.

Y ya solo me queda desearos felices fiestas, disfrutarlas y vivirlas desde el respeto.

¡Viva Santa Ana y viva Tudela!