Todos entendemos la jardinería como el arte o el oficio de cultivar y cuidar plantas. Si nos limitamos al concepto de cuidar y criar plantas, pasamos por alto lo más importante que la jardinería nos aporta como seres humanos.
“El jardín es una delicia para la vista y un consuelo para el alma.”
Sa'di, poeta medieval persa.
Esta columna nace con la idea de desterrar el mito de que la jardinería es una tarea difícil y agotadora. Pretende que veamos la jardinería desde la perspectiva del jardín como espacio natural creado por el hombre.
Los sentimientos que produce un jardín bien diseñado, con la elección correcta de plantas, es algo que descubrimos sin darnos cuenta.
Sin buscarlo, encontramos un lugar en el que nos sentimos a gusto y tratamos de volver allí sin saber por qué. Eso es la jardinería.
La sensibilidad es el principio del que hay que partir para tener un buen jardín o ser un buen jardinero y todos, en mayor o menor medida, podemos serlo.
Comenzaré por mí mismo. Nací en una familia dedicada desde finales del siglo XIX al viverismo; mis primeros recuerdos son los olores a tierra y raíces húmedas.
Quizá por haber nacido y desarrollado los primeros años de mi vida en este ámbito familiar, mi formación académica comenzó por otros derroteros.
Cursé estudios de Comercio en la Escuela de Empresariales de Zaragoza y, un verano a finales de los años 70, lo dediqué a trabajar en los viveros de mi familia. Hasta entonces había permanecido totalmente ajeno a este mundo. Comencé injertando almendros, que no es una tarea descansada ni fácil; a partir de entonces ya no he abandonado el trabajo con la naturaleza y las plantas.
Me fascinó el trabajo en espacios abiertos. La tarea de reproducir plantas pasó a formar parte de mi vida. Seguir todos los pasos, desde la siembra hasta el arranque de plantones, se convirtió en una tarea interesante y de la que siempre aprendías algo nuevo.
No sé cómo explicar el placer que me producía y me produce pasear entre filas de árboles perfectamente alineadas por especies y variedades, las formas y colores totalmente definidos, creando por sí mismos espacios y masas vegetales.
Estoy seguro de que estas sensaciones son las que me llevaron a interesarme cada día más por la jardinería y el diseño de espacios abiertos.
También estoy muy seguro de que nunca ningún jardín realizado por el hombre tiene nada que ver con los espacios que la naturaleza crea. El orden, el ritmo y el equilibrio que un espacio natural posee por sí mismo es imposible de igualar.
Los que nos dedicamos a diseñar y realizar obras de jardinería debemos entender que nuestro trabajo deberá ir enfocado a crear una base sobre la que la naturaleza y el tiempo irán trabajando sine die.
Según mi opinión, el trabajo del jardinero debe ser el de mero colaborador con la naturaleza. Por esto mismo estoy totalmente seguro de que jardinero puede ser cualquier persona con cierta sensibilidad.
Tenemos que desterrar la idea de que jardinero es la persona que corta un césped, desbroza una pradera, recorta un seto o realiza con una máquina cualquier labor en un jardín.
La persona que realiza estas tareas, a pesar de ser tan necesaria como las máquinas con las cuales las lleva a cabo, no deja de ser una prolongación de las mismas.
El jardinero debe aportar mucho más al jardín; debe sentirlo y entenderlo. Debe tener una comunicación directa con él. Si dispone de la sensibilidad necesaria para realizar su trabajo, entenderá que el jardín le comunica todo lo que le sucede, le explica los problemas que está padeciendo o le expresa su agradecimiento. Y esto es a lo que me refiero cuando hablo de sensibilidad.
Cuando visito jardines que tienen diversos problemas, normalmente siempre sucede lo mismo: el propietario comienza a explicarme los problemas según su punto de vista y son muy pocos los que se culpan de que aquello no esté como debería estar.
Escucho y, al final, siempre acabo diciendo que las plantas y el jardín son los que realmente me hablan con la verdad; son los que me cuentan lo que les sucede: si se abusa del riego o no, si se utilizan los nutrientes correctos y en su momento, si se poda como hay que hacerlo o simplemente se cortan ramas, etc.
Esto es lo que yo opino que debe ser la tarea del jardinero: escuchar al jardín. Y cualquier persona puede hacerlo. Si se hace con interés, no es una tarea difícil, puesto que los síntomas siempre son los mismos dependiendo de la época del año y de la zona donde se encuentra el jardín.
Si estos síntomas los conocemos y los tenemos controlados, nunca tendremos problemas importantes que nos resulte difícil resolver. Cada estación del año y cada zona tiene su idiosincrasia y cada jardín se desarrolla de manera diferente si atendemos a estas cuestiones.
Mi consejo para las personas que quieran entrar en este mundo tan apasionante es que se olviden, por el momento, de las tareas mecánicas y se centren en entender a su jardín.
Les será muy fácil encontrar una persona o una empresa que desarrolle las mencionadas tareas mecánicas, pero les será muy difícil encontrar un jardinero para su jardín.
Si ellos mismos aprenden a entender su jardín y lo ponen en práctica, encontrarán en esta labor un placer inmenso al ver cómo su espacio ajardinado les devuelve multiplicado por mil todo el esfuerzo que han realizado por entenderlo.
Se volcarán en una tarea que, en lugar de suponerles un trabajo, les supondrá un divertimento muy relajante y enriquecedor y, sin darse cuenta, entrarán a desarrollar ellos mismos parte de esas tareas mecánicas por el placer que les va a suponer ver y sentir cómo su espacio se convierte poco a poco en un lugar donde relajarse y mantenerse en contacto con la naturaleza, algo sumamente importante si deseamos llevar una vida plena.