Exámenes de honestidad
Esta semana miles de estudiantes se enfrentan a las pruebas de acceso a la universidad, la temida PAU. Durante unos días se examinan de asignaturas troncales, de modalidad y optativas, pero también de algo mucho más importante. Sucumbir a la facilidad de copiar para obtener mejores calificaciones nos deja en evidencia, aunque solo sea frente a nuestra propia conciencia.
Hace unos días volvíamos a poner sobre la mesa el debate sobre la autoría, el mérito y las trampas con el cartel anunciador de las fiestas patronales.
Lo ocurrido este año en el concurso de carteles de Tudela no es una simple anécdota local. Lo que comenzó como la presentación festiva de un cartel terminó convertido en una polémica que va mucho más allá de lo artístico. Bastó su difusión en redes sociales para que muchos reconociéramos esa extraña imperfección y esa estética vacía que la inteligencia artificial deja como huella. Sin embargo, la orgullosa autora del cartel defendió el uso de herramientas convencionales con un discurso que la dejaba aún más en evidencia que el propio cartel y el jurado eludió su obligación de velar por el cumplimiento de las bases pidiendo una declaración jurada de quienes participaron en el concurso.
El asunto podría parecer anecdótico, incluso trivial. Un simple cartel. Un concurso local. Un engaño menor. Pero ¿y si es justo lo contrario? tal vez sea un síntoma. Lo verdaderamente importante no es presentar una obra generada, total o parcialmente, por una máquina sin reconocerlo. Lo verdaderamente preocupante es la naturalidad con la que se ha resuelto esta impostura. La ligereza moral que desdibuja la frontera entre crear y apropiarse, aprender y simular, el mérito y el atajo.
Esta situación no es aislada, se está denunciando continuamente en los discursos de los políticos, en las tesis doctorales, en los institutos… Trabajos redactados con ChatGPT, comentarios literarios copiados, exposiciones generadas sin haberse leído una sola página de un libro, móviles fotografiando exámenes, apropiación de documentos… Y lo más inquietante es que jóvenes, representantes municipales, empresas ya no sienten temor a que se sepa la verdad ni vergüenza cuando se descubre, porque, en cierto sentido, han dejado de percibir que haya algo incorrecto en ello. Como si el fraude fuese, simplemente, una estrategia más dentro de la carrera académica, de los certámenes o de la oratoria.
Hace unos años copiar era una transgresión. Sin embargo, hoy empieza a percibirse como una habilidad práctica. El problema no solo es tecnológico. Es cultural.
Tal vez el cartel retirado no sea más que un cartel. Pero cuando empezamos a subestimar el valor de la autoría y el esfuerzo ya no hablamos de arte. Tampoco de educación.
Hablamos de cultura.
Quizá la mejor lección para quienes estos días se sientan ante un examen decisivo sea que ninguna calificación merece el precio de renunciar a la propia honestidad.
Estíbaliz Clemente Jiménez
Profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES Valle del Ebro