Saber lo que no se sabe
Fue el político brasileño Leonel Brizola, quien, en un debate parlamentario en contra de que la educación pública llegase a todos los rincones de Brasil -siempre lo mismo- advirtió que la educación nunca es cara, añadiendo que lo que siempre es caro es la ignorancia. Pero ella, como consumada alquimista, se resiste a desaparecer de nuestras continuas predicciones. Que no estánni bien ni mal. Allá cada cual. El problema es presentarlas como hechos, que no es otra cosa que pretender el futuro que tú quieres o que quieren que queramos. Cuando escuchamos una predicción y la tomamos como un hecho -cada vez más habitual entre nosotras- lo que hacemos en realidad es despertar nuestra ignorancia para obedecer. Esa es su magia.
De todas formas, tampoco crean que crear expectativas, es fácil para los gobernantes, a pesar de que Federico II el Grande en su Antimaquiavelo, considerase al pueblo como una masa estúpida, creada para que la guiasen aquellos que se toman la modestia de engañarlos. Es cierto que las apariencias, si son falsas mejor, nos encantan. Pero el descredito de la realidad necesita también un mínimo acuerdo sobre la realidad, al igual que hacían en 1918, los guerrilleros y el recién creado Ejército Rojo en su lucha contra el régimen zarista, cuando a falta de material bélico empleaban carracas de madera para simular el crepitar de las ametralladoras y así apaciguar las cargas: estaban en guerra, sí, pero su realidad era otra.
Como otra es la realidad que nos hacen creer a través de la formula narrativa que sostiene la idea de progreso como la cima de la evolución de los valores humanos -léase blancos-. El sistema económico imperante, como apunta el geógrafo Samuel M. McDonald, no es sino la última manifestación de un linaje que se ha formado a golpe de guerras, genocidios y torturas, así como de las formas más concienzudas de asesinatos en masa. Y cómo es posible, podemos preguntarnos, que estas ideas en apariencia virtuosas de progreso -acción de avanzar hacia adelante que implica una mejora, desarrollo o perfeccionamiento en el estado físico, intelectual, moral o social de las personas y la humanidad- puedan estar tan corrompidas, tan ligadas a sistemas que, a la postre, acaben socavando los fines mismos que pretender perseguir. Pues se consiguen a través de la ignorancia a que está sometida la masa estúpida a la que se refería Federico el Grande. La ignorancia colectiva sustenta el dominio de un grupo, sobre otro, porque apunta a que es la situación natural. Todo ello, dentro de la uniformidad del discurso binariodiseñado que nos divide: civilizados o primitivos, paganos o bendecidos, salvajes o domesticados, avanzados o subdesarrollados. La ignorancia del dominante impide interrogarnos sobre nuestros privilegios, mientras que la ignorancia del dominado suele impedir que nosrebelemos. De ahí el esfuerzo de los que tienen el poder por mantener al pueblo en un estado de ignorancia y estupidez, como sostenía Diderot, y como hoy pretenden muchos gobiernos a través de la financiación y construcción de falsas noticias.
Esta fórmula se ha construido históricamente a través de las acciones del pasado que hemos ido apuntando, lo que nos llevaría a preguntarnos para qué sirve la Historia entonces, si no le hacemos caso. Que es la pregunta habitual, aunque lo correcto sería preguntarnos a la inversa: cuáles son los peligros de ignorar la Historia. Quien domine los parámetros de lo que significa el progreso en un momento determinado será el alquimista que confeccione y dirija la brújula moral, intelectual y política de muchas personas. Para ello no es necesario un aparato represivo que someta al pueblo -antes o después acaba derrocado- sino a través de la hegemonía cultural que las clases dominantes han logrado ejercer sobre las clases sometidas, mediante el control delsistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación, tal y como constató la teoría política de A. Gramsci. La clase dominante, señaló el pensador italiano, no domina solo por la fuerza, sino gracias a una combinación de fuerza y persuasión, coerción y consentimiento que hacen ver la sociedad a través de los ojos de los gobernantes.
De esta forma, es evidente que la solución que nos espera en el futuro está reservada a las decisiones de los elegidos. Aunque, por otro lado, esto será así, solo si nos mantenemos obedientes a las normas de quienes la encabezan. Por eso no debemos ignorar a la Historia. Este progreso que hemos descrito, tiene compradores: los actuales narcisistas del poder. Para conseguirlo, no les importa esquivar cualquier norma o derecho que ralentice o limite su voluntad y enriquecimiento personal a pesar que su coste sea la sangre de millones de personas, la erradicación de miles de especies, la destrucción de un sinnúmero de hábitats naturales y culturas, demostrando que la democracia como sistema político también está en venta y en decadencia. La realidad es que la pobreza no está disminuyendo, sino que se está agravando, y lo más probable es que siga haciéndolo a medida que el progreso se concentre en grupos cada vez más reducidos. La compra del progreso está agravando la desigualdad, menguando la confianza entre nosotros, en las instituciones y en la propia sociedad. Pero no son los únicos responsables, con nuestras acciones y omisiones, con lo que normalizamos y lo que no todos contribuimos a defender la ciudadanía, todos ayudamos a caminar hacia ese abismo.
Por todo esto, como ya demandó Brizola, es necesaria una educación pública, universal, gratuita y laica. Ese es el único remedio para eludir la ignorancia a la que nos quieren someter. Y, para ello, lo primero que hay que saber, y reconocer, es saber lo que no se sabe.