Que la sociedad está cambiando en todos los aspectos es un hecho, y la Navidad no podía ser una excepción. Cuando éramos críos, en diciembre esperábamos los turrones, las vacaciones, los anuncios de juguetes, la instalación de las luces en las calles, la colocación en casa del Belén o poder adornar con espumillón el acebo, con nerviosismo y alegría.
Hoy en día, la Navidad se ha convertido en unas fechas más dentro del calendario del consumismo. Exactamente, unos días festivos entre el Black Friday y las rebajas de enero. Los turrones se venden desde septiembre y las calles tienen sus luces colocadas en octubre, si bien tardan algo más en encenderse. Las ciudades compiten por tener más luces, más brillantes y más bonitas, por quién dará el pregón de encendido, más por salir en televisión que por ser Navidad. Se ha perdido aquella ilusión que teníamos de que llegaran unos días mágicos y distintos.
También se ha perdido por el camino el felicitar a tus amigos y allegados con postales, algo obsoleto en estos tiempos de móvil. Hoy en día no tienes diez o doce amigos a los que te molestas en comprar la postal, el sello y el sobre, y mandar tu carta por correo. No, hoy en día es más cómodo mandar un texto o mensaje, que ni nos hemos molestado en escribir, a 50 personas junto con una imagen navideña. En fin, son cosas de esta sociedad, en la que cada vez tenemos menos tiempo, nos molestamos menos y nos hemos hecho mucho más individualistas.
No obstante, soy optimista en parte: la Navidad sigue siendo época de encuentro con amigos o familiares que no ves en mucho tiempo. Son días de saludos y abrazos como antes. La cara de ilusión y sorpresa de los pequeños al desenvolver los regalos es similar a la de antaño. Los saludos y llamadas de los niños a los Reyes Magos en la cabalgata se parecen a los que teníamos nosotros de pequeños. Las películas navideñas se cuelan en la tele como antes, a veces las mismas. Y es tiempo, como antaño, de reflexionar sobre qué conmemoramos en estos días y de acordarnos de la gente que no tiene la suerte de celebrar nada, por estar inmersa en guerras, pobreza, hambruna, miseria o necesidad.