Opinión

Santa Ana, ayer, hoy y siempre

En este escrito mezclo diferentes tiempos, mismos sentimientos

26 de julio, siete de la mañana. Suenan las campanas en la catedral. El sol se asoma majestuoso al otro lado del puente del Ebro. Los devotos trasladan a Santa Ana la Vieja de la Magdalena a la catedral. En otras partes de la ciudad, las gentes se apoyan en el vallado o se preparan para correr el encierro. En la parte vieja se preparan las brasas para asar las costillas, la chistorra, los tomates… para almorzar.

En las casas, las mujeres se apresuran a planchar el traje para los hombres y sus mejores ropas para el día grande. En las cocinas, las pochas comienzan a hervir.

A las 12, en las torres repican las campanas. En el interior de la catedral y en la calle del Portal, cientos de tudelanos aguardan en rigurosas filas el inicio de la procesión. Es para muchos un momentico de reencuentro, alegría, nostalgia, tristeza.

El olor a cera y albahaca impregna el ambiente y remueve los recuerdos.

Desde hace siglos, el recorrido es por las mismas calles, pero, por ley de vida, ni las casas ni sus habitantes son los mismos. Unas se hundieron o se reformaron. Sus habitantes, muchos murieron; otros —y es de agradecer— se resisten a que el barrio se quede vacío. ¿Qué sería de Tudela sin su casco antiguo y sus habitantes?

Al finalizar la procesión, las emociones guardadas afloran en forma de besos y abrazos. Y resuenan las palabras mágicas: que el año que viene, el día de Santa Ana, nos volvamos a encontrar.

Felices fiestas y ¡¡¡viva Santana!!!