Sin darse cuenta

Un libro de psicología referente en la actualidad es “Sin darse cuenta”, de John Bargh. Su propuesta principal: “la consciencia e intención no siempre son el origen de nuestras reacciones ante el mundo que nos rodea”. Su implicación: muchas de las decisiones que tomamos las realizamos de manera inconsciente y posteriormente las racionalizamos, otorgándoles así un sentido que nos reconforta. Si añadimos la idea contrastada por el científico Antonio Damasio según la cual “no somos seres pensantes que sienten, sino seres sintientes que piensan” tenemos dos pautas de comportamiento que explican muchas de las decisiones que tomamos cada día. Conocerlas es útil ya que nos permite estar más preparados para afrontar los acontecimientos que discurren por el devenir de nuestra vida.

Es fundamental conocer cada contexto vital. Es normal estar centrados en el desarrollo personal y profesional en equilibrio con nuestra familia y amistades. Lo peligroso es estar encuadrados en un ámbito social, intelectual y espiritual limitado. Eso genera visiones restringidas provocando, de manera inconsciente, que veamos las cosas como queremos verlas. Si estamos centrados en una ideología, lo nuestro es lo bueno y lo de los demás es malo. Si estamos siempre con las mismas personas, acabaremos pensando todos lo mismo. Si estamos siempre en páginas web o redes sociales  debatiendo sobre los mismos asuntos, al final acabaremos convencidos de que no existe otra realidad alternativa. Si pensamos que nuestro planeta es plano, la red terminará convenciéndonos de que realmente lo es. Si pensamos que el mejor sistema político es el comunismo, nos convencerá. Siempre lo hará.  La estructura mental, física y social en la que nos movemos termina moldeando nuestros actos, pensamientos y decisiones.

No comprendemos cómo personas que alcanzan altas cuotas de poder llegan a realizar actos como cobrar comisiones, insultar sin rubor a contrincantes políticos, pedir que los demás hagan lo que ellos no hacen, repetir como papagayos las consignas que llegan desde la base del partido o menospreciar la labor de jueces y periodistas si no siguen sus postulados. La expresión de Thomas Jefferson: “si tuviera que decidir si debemos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría en preferir lo segundo” debería regir nuestra sociedad. Por eso cuando leemos, escuchamos o visualizamos opiniones de periodistas debemos seguir un principio fundamental: ¿de qué depende su sueldo? En otras palabras, ¿cuál es el grado de independencia del medio que le paga? A partir de ahí tendremos un criterio para formar nuestra opinión.

De manera sorprendente, tal y como lo demuestra Bargh en “sin darse cuenta”, un gran porcentaje de quienes realizan actos de corrupción que nos horrorizan, nos parecen inmorales y además nos hacen sentirnos robados y estafados (si son en el ámbito público), no son conscientes de ello. Piensan que están actuando de forma correcta y que además así benefician a la comunidad. Y lo piensan honestamente. Racionalizan su acto.

Justificaciones típicas son “yo no he hecho nada malo”, “siempre se ha hecho así” o “en este trabajo es normal cobrar comisiones”. Otra muy usada por personas “pacíficas” es “yo no soy violento si no me obligan a serlo”. ¿Quién se atreve a meter mano en estos temas?  El antiguo canciller alemán Konrad Adenauer  nos lo recuerda: “la mejor forma de calmar a un tigre es dejar que te devore”. Esa es la estrategia que está tomando Donald Trump en sus negociaciones: amagar con aranceles y fuertes sanciones a quien no cumpla sus peticiones ya que “nosotros siempre hemos dado más de lo que hemos recibido; es el momento de saldar la deuda”. 

Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo evitar la corrupción que nos azota desde hace tantos años? ¿Es algo inherente al ser humano?

Hay tres claves fundamentales. Uno, la estructura del poder, los partidos y organizaciones. Dos, la falta de control del gasto público. Tres, el comportamiento de la sociedad con las personas que ocupan altos cargos. 

Respecto de la estructura del poder, hoy en día los partidos funcionan como verdaderas dictaduras. Se permite la discrepancia de puertas afuera, pero por dentro aparece la marginación social. Nadie va a tomar medidas que limiten su poder. La única opción sería una revolución de los afiliados, cosa harto complicada. Respecto del control del gasto público, se puede hacer mucho. Los medios de comunicación podrían abrir debates sobre cómo gestionarlo mejor y la información en las webs públicas debería ser más clara. Por ejemplo, el gasto en intereses de deuda para España es de 40.000 millones de euros; un 140% más que en 2008. Una barbaridad. Tercero, quien tiene un alto puesto político está rodeado de “pelotas” que en muchas ocasiones buscan puestos o subvenciones. El espejo mágico declaraba que Blancanieves era la más bella del reino. La realidad alternativa política embellece a quien tiene más poder.

Conocer estos conceptos, propuestas e ideas podría evitar a personas como Pedro Sánchez que las cosas pasen “sin darse cuenta”.