Después de una fiesta siempre llega la resaca. Sí; parece que en estos momentos la situación todavía es peor. La crisis entre Irán e Israel alimenta todavía más la preocupación que tenemos con tantos conflictos enquistados como los de Ucrania, Palestina o Sudán. La inmensa trama de corrupción que ha salido a la luz y en la que ya no hay nadie que no sea sospechoso aporta desconfianza en el sistema y el desánimo de la ciudadanía, que ya no sabe lo que pensar. Es el caldo de cultivo ideal para irse de vacaciones, salir de fiesta y después “ya veremos”. Sin embargo, esta estrategia aporta vacío interior e incertidumbre ante el futuro que está por venir.
La mejor receta para la resaca es no beber, la mejor forma de calmar un tigre es dejar que te devore. La primera opción es pertinente, ya que se puede disfrutar de la fiesta sin necesidad de probar alcohol. Ahora bien, para salirse de la rutina, compartir una buena tertulia o unas agradables risas (el humor… cada vez se va perdiendo más) parece imprescindible, y más si estamos en fiestas, un pequeño acompañamiento en forma de bebida, aperitivo o comida. La segunda opción es la que corremos el riesgo de adoptar, desde luego metafóricamente, ante el alud de corrupción que percibimos. Debemos actuar en la medida de lo posible para combatir esta situación. Comprar o invertir apoyando al producto local. Exigir unas cuentas más claras. Usar el tiempo de forma coherente, razonable y meditada. Votar o no hacerlo. Quedarse inactivo navegando por Internet es la opción que desean para nosotros quienes mandan.
En definitiva, evitar la resaca es disfrutar más de la fiesta y tener unas sensaciones posteriores que nos permiten revivir esos momentos con alegría de manera que así la satisfacción es doble: por el momento vivido y por el momento recordado.
Eso pasa por no salir para desahogarse; salir para pasar un buen rato. No salir para contar nuestras penas; salir para vivir otras experiencias, adquirir conocimiento nuevo y sí, escuchar las penas de las personas que más apreciamos y queremos. No salir por el qué dirán, salir porque la fiesta es complementaria del trabajo y nos aporta, a su manera, desarrollo interior.
Salir, en definitiva, para reír, aprender y celebrar la vida. Ese don que tantas veces olvidamos y es lo más importante que tenemos.