¡Más gasto, más gasto!
Los principales dirigentes de Europa se han puesto de acuerdo en incrementar el gasto en 800.000 millones de euros para poder asumir mejor la Defensa propia ante el presunto abandono norteamericano. ¿Es una medida adecuada? Se trata de una situación demasiado compleja como para evaluarla en blanco y negro. Es mucho dinero. Lo podemos comprobar con una operación matemática muy sencilla: se divide el total entre la población afectada (unos 450 millones de personas) y sale casi a 1.800 euros por cabeza. Las encuestas dicen que muchas personas están de acuerdo en aplicar este gasto. Si es a cambio de que cada cuenta corriente baje en esa cantidad de dinero seguro que la proporción de apoyo disminuye.
Respecto de la amenaza rusa de anexionar países se puede plantear un inciso. Es muy difícil conquistar un territorio si la población de la zona no reconoce la nueva autoridad. Existen muchos ejemplos históricos que ilustran la idea: sin ir más lejos, la guerra de la Independencia Española contra la invasión francesa entre los años 1808 y 1814. Rusia también tiene su pasado (en esos momentos era la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) en Afganistán: la invasión realizada en el año 1979 duró diez años y está reconocida como su propio Vietnam.
Este asunto plantea dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, cómo se va a usar el dinero. En segundo lugar, cómo se va a financiar la operación.
No es lo mismo comprar armamento que fabricarlo en el interior de nuestro territorio. El matiz es capital: de una forma se enriquecen a otros, de otra forma (insisto: la mejor manera de desarrollarse socialmente no es gastar más, más y más en Defensa pero eso es otra historia) al menos se genera riqueza debido al aumento de la demanda interna. Esto nos lleva a la cuestión capital de la administración pública, que es cómo se va a usar el “dinero de los contribuyentes”. Esa expresión es más ajustada a la realidad que “dinero público”. ¿Tiene sentido gastar tanto en intereses debido al aumento indiscriminado de la deuda pública? ¿No será mejor reducirla? ¿Se debe priorizar la competitividad o la equidad? ¿Es para tanto el tema de los “chiringuitos”? ¿No sería mejor subir las pensiones en mayor proporción a los que ganan poco y en menor proporción a los que ganan más? ¿Han mejorado los servicios públicos de manera equivalente a como ha subido la recaudación tributaria?
Hay dos maneras útiles de valorar el gasto público. Una es indicar la proporción que va a cada partida. Por ejemplo, a sanidad va el 15%. Otra es comprobar a cuanto toca por cabeza (lo hemos visto antes). Sin embargo, nos dan los datos de forma aseada. Si nos dicen que el déficit público (la diferencia entre lo que gasta el gobierno y lo que ingresa) es de 60.000 millones de euros nos parece una barbaridad. Si nos dicen que es del 5% del PIB (producto interior bruto, la riqueza creada en el interior de un territorio durante un período de tiempo que referencialmente es un año) parece mucho menos.
Pasamos a la financiación. Sólo existen tres posibilidades. Una, subir los impuestos. Mal: habrá quejas generales. Dos, quitar de otro lado. Mal: habrá quejas particulares de quienes vean reducidos sus emolumentos. A mayor capacidad de presión, menos probabilidad de que te afecten los recortes. Tres, aumentar la deuda. Bien: ese pago será mañana vía intereses y amortización. ¿Qué seremos más pobres? Sí. No importa: eso permite al gobernante obtener más votos mañana y con la excusa (o mentira) del “gasto social” la rueda sigue girando.
Ejemplo histórico: Estados Unidos. Guerra del Vietnam. Como en esos tiempos permanecía el patrón oro (el presidente norteamericano Nixon lo abandonó en 1971) el Gobierno sólo podía financiarse con los dos primeros métodos: más impuestos o quitar de otro lado. Eso sí que eran problemas y contestación ciudadana, no lo que hay ahora. La deuda sin límite es un gran invento: no hay protestas, me mantengo en el poder y quito a los pobres vía pago de impuestos en intereses de deuda para dar a los ricos, esos “malvados” fondos de inversión que aprovechan para ganar cantidades siderales de dinero. Pero claro, no es eso lo que nos dicen. Queda muy feo.
Cuidado: no se trata de no endeudarse. Es la parábola de las vacas gordas y vacas flacas. Es gastar e intervenir en tiempos de crisis para estimular la demanda. Es ahorrar y cancelar deudas en tiempos de expansión económica. Esta fue la gran aportación de John Maynard Keynes al estudio de la economía. La trampa es endeudarse siempre.
Friedrich Hayek estaba preocupado por el excesivo intervencionismo del Estado: podría transformar la población de manera que aceptaría la pérdida de su libertad y el ascenso de un gobierno totalitario. Eso no se hace necesariamente con las armas: basta colonizar las mentes y las instituciones.
Expuso esta idea en su obra Camino de Servidumbre.