Opinión

La Oca

Muchos niños y no tan niños han echado partidas alguna vez al célebre juego de la Oca. El tablero está formado por 63 casillas y gana el primero en llegar a la meta. Las reglas son muy sencillas: se tira un dado y se avanza según el número que haya tocado. Caer en una oca es una ventaja: “de oca a oca y tiro porque me toca”. Existen una  serie de casillas especiales; vamos a verlas. En la posada se pierden dos turnos. Si caemos en el puente vamos directamente el siguiente: “de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente”. En los dados podemos ir hacia adelante o hacia atrás, según hayamos caído en el primero o en el segundo: “de dado a dado y tiro porque me ha tocado”. En el pozo o la cárcel nos quedamos allí hasta que otro jugador tenga la mala suerte de caer allí y pueda reemplazarnos. En el laberinto se debe retroceder a la casilla 30. Por último, si caemos en la calavera debemos volver a empezar.

¿Por qué no hacer una analogía entre este juego y la vida? Muchas veces nos quedamos en abandonados en posadas reales o virtuales, perdiendo el turno más importante: el nuestro. Nos dejamos llevar por la corriente. Los dados simbolizan el azar de la vida. El pozo o la cárcel, el abandono. El laberinto, no saber hacia dónde vamos. La calavera, el estancamiento absoluto. Y todavía podemos profundizar más: ¿elegimos nosotros o lo hacen otros? ¿Cuál es nuestra misión? ¿Qué deseamos?

El acrónimo OCA nos puede ayudar. O para ordenarnos, C para crear la realidad, A para adelantarnos a ella.

Así es el juego de la vida.