La jota que nos une
El pasado 8 de diciembre se realizó un precioso evento en el Teatro Gayarre protagonizado por el grupo Estampa Navarra denominado “la jota que nos une”. El título evoca muy bien el propósito del espectáculo, y más todavía cuando Raúl Palacios, uno de los componentes del grupo (los otros eran Aroa, Iker y Laura), realizó una petición reivindicando la jota como patrimonio cultural.
Se plantea así una pregunta primordial: ¿qué es lo que crea unión? A nivel particular, pocas dudas hay respecto del sentimiento que evocan los Sanfermines o el Club Atlético Osasuna. A nivel general nos une el folklore, definido como el conjunto de costumbres, creencias, leyendas, canciones y manifestaciones artísticas que definen la identidad de un pueblo o grupo social. La palabra expresa su significado: folk (pueblo, gente) y lore (saber, conocimiento). Todos los países y comunidades tienen sus mitos, historias o ritos que sirven para lograr una unión entre diferentes.
El tema es peliagudo: hoy en día la mayor parte de las batallas se libran en la mente. Si logramos que una persona adapte su identidad a lo que nos interesa, sea un equipo de fútbol, un partido político, una marca, una grupo social o incluso una secta la tenemos ganada para siempre. Pensemos en época navideña desde dos enfoques extremos. Unos lo verían como una fiesta religiosa sagrada, otros como una simple fiesta de invierno. Las costumbres también importan. La Iglesia Católica siempre ha admitido que se apropió de los días en las que se celebraba el denominado Solsticio de Invierno para celebrar la Navidad. Era una forma cristianizar el tiempo de renovación y luz asociado al momento en que el día comienza a ser más largo.
Existen diferentes grupos de presión interesados en que unos ritos o manifestaciones desaparezcan para aumentar su influencia y poder. Es aquí donde cada uno de nosotros debe realizar una reflexión y apoyar con tiempo, dinero y compromiso aquello en lo que creemos; en caso contrario otro sujeto, sea una persona, un algoritmo o una institución lo hará por nosotros. Aquellos que se mueven de manera activa y silenciosa por sus ideales logran, poco a poco, una sociedad que piense como ellos. Por eso la jota como parte de nuestra identidad debe ser cuidada y desarrollada. En caso contrario corre riesgo de desaparecer. No podemos dejarnos engañar por personajes que van dejando mensajes defendiendo a los más débiles mientras ellos viven con un lujo grotesco. Russell Crowe, actor, está en lo cierto: “estoy harto de que los famosos usen su fama para promover una causa. Deja un cheque en el lugar correcto y cállate”.
Por desgracia, muchos políticos se dedican a promover lo que nos separa como clave de su negocio. En temas como la inmigración, el feminismo o la ayuda a quien lo necesita existe un claro consenso general: todos estamos de acuerdo en su adecuada regulación. Por desgracia, muchos asesores se dedican a promover mensajes negativos para promover un enfrentamiento social que sólo beneficia a los partidos políticos.
Olefumi Taiwo explica en “el saqueo de las élites” cómo éstas se apropian del potencial político y emancipatorio (definido como la capacidad de librarse de opresiones y limitaciones a través de la reflexión, la toma de conciencia y la acción proactiva y transformadora) de la sociedad para manipularlo y controlar así aspectos fundamentales de nuestro sistema de convivencia. Destaca la figura del “spin doctor”, un consultor de comunicación o asesor de imagen que busca influir en la opinión pública mediante el giro (spin) de la información. Su objetivo es moldear la percepción de los hechos a favor de sus clientes. No les falta trabajo.
La política se considera así algo simbólico que ha perdido gran parte de su concreción; se basa en ideas y prejuicios, no en propuestas reales. Para contrastar esta idea se proponen dos preguntas. Una es evidente: ¿Por qué votamos lo que votamos? Otra es pertinente, ¿qué tiene que pasar para que dejemos de apoyar a una opción determinada? Si no tenemos respuesta a esta pregunta nuestro voto no tiene ningún atisbo de racionalidad: más que ser una emoción temporal en una identidad permanente.
Vivimos inmersos en dos paradojas. Uno, buscamos la comodidad y estar ocupados durante todo el día. Dos, queremos que el mundo vaya mejor olvidando la responsabilidad que tenemos en el mismo. La influencia de nuestro comportamiento, compras y uso del tiempo nada tiene que ver con una papeleta depositada en una urna hacia opciones que parecen haber cambiado su propósito: el poder ahora es un fin en sí mismo, no un medio para mejorar la sociedad. Así, terminamos sin saber lo que queremos y vivimos sumidos en una inercia que termina afectando a la salud mental.
Es el momento de regresar a las jotas como símbolo y ejemplo de nuestro folklore. Su música, historia, sentimiento, representación y bailes son parte de nuestra identidad: incluso tenemos integradas muchas de sus letras.
Estimado lector, no te vayas de la jota.