Perder el sueño
Hay noches de búho en las que la cabeza no para de girar.
Uno mira el reloj —o el reloj lo mira a uno—, cambia de postura y busca un sosiego que no llega.
Vivimos desacompasados. Estiramos el día hasta la noche y la noche hasta el alba. Todo encendido: las miradas, las charlas, la cabeza.
No es solo cansancio… Es la sensación de que nada termina del todo. De que siempre queda algo pendiente: un mensaje, una respuesta, una tarea, un pensamiento.
Pero quizá no sea solo un problema de sueño.
Tal vez nos cuesta más cerrar el día. Darlo por terminado. Dejar algo en su sitio.
Como si cada jornada quedara abierta, a medio hacer… esperando una última respuesta que no llega.
Hubo un tiempo en que el día terminaba en algún recodo. No porque todo estuviera resuelto, sino porque algo hacía de orilla. Hoy las orillas se diluyen.
Y cuando no hay orilla, tampoco hay descanso.
Me pregunto si la humanidad pierde el sueño porque el sueño de la humanidad se ha perdido.