Hay un muete de La Oliva que azuza aviesas miradas en el visitante de turno.
Hay figuras medievales que transmiten majestad. Otras inspiran temor. Y luego está este pequeño músico pétreo, que lleva siglos soportando con resignación las inclemencias del cierzo y del observador que, alzando la vista, duda entre ver un txistulari medieval… u otra cosa, no sé si menos o más confesable.
Que si flauta, que si txistu, que mira qué ‘txistorrilla’…
Estamos, en realidad, ante un aerófono. Y eso no es el último grito en movilidad telefónica. No. Es la elegante indeterminación musical con la que los especialistas describen aquello que, francamente, tampoco saben muy bien qué demonios estamos viendo.
El pobre mocete tampoco ayuda demasiado. Ahí está, encajadico en la piedra, desde hace siglos.
Más bien escaso del ropaje digno de un paje y, desde luego, sin grandes alardes de pantorrilla.
Como la gente de ahora, haciendo sentadillas. La erosión del tiempo ha limado aún más sus formas, dejando al curioso de buena vista ante a una escena donde la imaginación suele trabajar bastante más deprisa que la prudencia.
No resulta difícil imaginar al visitante navarro de hace siglos —o al de anteayer mismo— alzando la vista y soltando un discreto:
—¡Redioro…! ¿Y qué hace ese mocete así de colgado?
Pero quizá ahí resida precisamente parte de su encanto.
Porque el románico —tan solemne a nuestros ojos modernos— estaba también lleno de humor, exageraciones, figuras grotescas, músicos, animales imposibles y pequeñas licencias humanas que convivían tranquilamente con lo sagrado. Fuera del templo aparecía el mundo entero: el pecado, la risa, el caos, la carne y la fragilidad humana. Dentro aguardaban el orden, la oración, la liturgia y el sosiego.
Por eso no debería extrañarnos demasiado que, siglos después, un pequeño relieve medieval siga despertando sonrisas, puyitas de medio lado y repentinas evocaciones organológicas entre los visitantes. Bastan unos segundos frente al personaje para que alguien dictamine solemnemente que aquello es un txistu, otro lo rebautice como dulzaina o flauta pastoril y un tercero, infaliblemente, desbarre hacia percepciones bastante menos musicológicas.
Y allí permanece el mocé, soportándolo todo con resignación pétrea y con un silencio admirable. Sin otro pito que tocar.
Tal vez por eso este pequeño músico del Monasterio de La Oliva continúa resultando tan simpático. Porque, entre tanta piedra solemne, alguien decidió dejar también espacio para la ironía, para el gesto popular y para esa eterna tendencia navarra a comentar —con más picardía que malicia— todo aquello que se deja mirar demasiado.
Si en los próximos días aumentara misteriosamente el número de visitantes que alzan la vista sonriendo junto a cierto relieve medieval de La Oliva, no digan después que no fueron advertidos.
Y allí seguirá el muete de La Oliva. Sin calzón, sin pantorrilla.
Soplando eternamente su misterioso y silente aerófono.
O lo que quiera que sea.