Tudela, sobremesas y guerras pequeñas
Según el Barómetro del CIS de 2025, más del 70 % de los españoles percibe que el clima social y político está cada vez más crispado.
La pregunta incómoda es sencilla:
¿de verdad queremos entendernos… o solo queremos ganar?
Seguro que te ha pasado.
Una comida familiar en Tudela, una sobremesa larga después del pincho, una conversación en el trabajo, una discusión con tu pareja.
Empieza con algo pequeño.
Un comentario.
Una opinión.
Un “yo no lo veo así”.
Y, de pronto, ya no estás escuchando.
Estás esperando.
Esperando a que el otro termine para demostrar que la razón la tienes tú.
La escena nos suena a todos.
La mesa puesta.
Las voces suben medio tono.
Alguien se ríe con ironía.
Otro suspira.
Y tú ya no estás en la conversación.
Estás construyendo tu siguiente argumento.
Es curioso lo rápido que pasamos de hablar a competir.
Lo vemos en casa, en la oficina, en las redes y, seamos honestos, también en cualquier bar de la Ribera cuando la conversación gira hacia política, dinero o “cómo está el país”.
Cuanto más claro lo ves, más te cierras.
Y cuanto más te cierras, más escala la situación.
Hasta que ocurre algo muy humano y bastante incómodo:
puede que ganes la discusión,
pero algo se rompe.
La confianza.
La escucha.
El clima.
La relación.
Eso tiene nombre desde la historia clásica: victoria pírrica.
Ganas la batalla.
Pierdes la guerra.
Como decía Arthur Schopenhauer:
“La verdad no siempre triunfa; a veces solo sobrevive.”
Desde la mirada sistémica esto es clarísimo.
Cuando te obcecas, dejas de mirar el sistema y te miras solo el ombligo.
Ya no estás al servicio de lo que necesita la relación, el equipo o la situación.
Estás defendiendo tu posición.
Tu interpretación.
Tu orgullo.
Tu necesidad de no ceder.
Y ahí el sistema se desordena.
Porque tú ya te has desordenado primero.
Lo preocupante es que este patrón no se queda en lo personal.
Vivimos rodeados de un circo mediático donde todo parece funcionar igual.
Titulares que no buscan comprender, sino enfrentar.
Debates que no buscan escuchar, sino arrasar.
Cada día nos entrenan para responder antes de pensar.
Para posicionarnos antes de comprender.
Y luego nos extraña que esa misma dinámica se cuele en casa.
La crispación de fuera entra por la puerta de dentro.
La pregunta no es quién tiene razón.
La pregunta es:
¿qué precio estás pagando por tenerla?
Porque a veces el coste no es una discusión.
Es una distancia que luego tarda meses en repararse.
Y en una ciudad como Tudela, donde nos cruzamos, nos conocemos y compartimos vida, eso pesa todavía más.
A veces, querido lector, la inteligencia no está en tener la última palabra. Está en no necesitarla.