Florentino, el ego y el ruido
Martes por la noche. Tudela. Bar lleno. Televisión encendida. Florentino Pérez compareciendo durante más de una hora intentando explicar que el problema del Real Madrid son los periodistas, Negreira, Vinicius, el entorno y prácticamente la alineación de los planetas.
Y mientras hablaba, muchos madridistas de la Ribera miraban la pantalla con esa mezcla tan española entre respeto, incomodidad y pensamiento prohibido: ¿Cuánta gente vive hoy de fingir que Florentino todavía tiene razón?” Porque los grandes clubes rara vez se rompen por falta de dinero o de talento. Normalmente empiezan a deteriorarse por algo mucho más peligroso:
el desorden.
Curiosamente, es exactamente lo mismo que escuchas en muchas empresas de Tudela y media Navarra. “No acabamos de funcionar.” “Aquí cada uno va a la suya.” “Hay demasiados jefes y pocos que tiren del carro.”Y cuando rascas un poco aparece siempre lo mismo: nadie sabe realmente quién manda, quién decide y quién tiene autoridad de verdad: El organigrama existe… pero sólo en la web. La delegación existe… pero sólo en el PowerPoint, y el jefe, cuando ve que las cosas no fluyen, hace lo que hacen muchos líderes cuando empiezan a perder el control: apretar más, más reuniones, más supervisión, más tensión, más ego. Justo lo que vimos el otro día en el Real Madrid.Porque lo más llamativo no fue lo que dijo Florentino. Fue cómo lo dijo.
Papeles perdidos.
Argumentos repetidos.
Necesidad constante de justificarse.
Y esa frase que probablemente perseguirá durante años al madridismo:
“No ha habido un Madrid más glorioso que conmigo.”
Quizá en títulos sí. Pero no necesariamente en grandeza. Porque el Madrid ganó Copas de Europa con Bernabéu, Di Stéfano, Zidane o Del Bosque representando algo más importante que ganar: la sensación de clase.
Y hoy, muchas veces, el club parece vivir permanentemente enfadado con alguien:
Con la UEFA.
Con los árbitros.
Con la prensa.
Con el Balón de Oro.
Con Twitter.
Con todo.
Carl Jung decía: “Todo lo que nos irrita de los demás puede llevarnos a comprendernos a nosotros mismos.” Y quizá ahí está el verdadero problema del Madrid actual: que ya no escucha. Sólo responde.
Mientras tanto, en Navarra, el madridismo sigue siendo casi una religión popular. En Tudela, la Peña Madridista Santa Ana lleva décadas reuniendo generaciones enteras de aficionados blancos. Porque aquí el fútbol todavía se vive en bares, sobremesas y discusiones absurdas entre amigos.
Y quizá por eso duele más ver ciertas cosas. Duele ver al Barça levantando la Liga mientras el Madrid parece demasiado ocupado luchando contra fantasmas. Duele ver cómo Vinicius se convierte más veces en símbolo de confrontación que de fútbol. El madridista navarro Puede agradecerle a Florentino las Champions.
Puede reconocerle el mérito económico. Pero también empieza a percibir algo profundamente humano: que hay líderes que construyen imperios… y luego son incapaces de abandonar el trono.
Eso pasa en empresas. Pasa en política. Y también pasa en el fútbol. Porque llega un momento donde el problema ya no es la capacidad.
Es saber cuándo escuchar.
Cuándo delegar.
Y cuándo apartarse antes de convertirte en caricatura de ti mismo.
El Real Madrid seguirá ganando títulos porque es demasiado grande para desaparecer. Igual que los bares de Tudela seguirán llenándose cada vez que haya una semifinal europea. Pero cuidado. Los clubes no empiezan a deteriorarse cuando pierden partidos. Empiezan a deteriorarse cuando dejan de parecerse a lo que eran.
Y quizá la pregunta incómoda no sea qué le pasa hoy al Real Madrid. Quizá la verdadera pregunta es: ¿cuánto tiempo puede seguir un líder hablando de sí mismo antes de que entendamos que hace tiempo dejó de hablar del proyecto?