Hay una foto que aparece todos los años en Tudela. La de la peña. Da igual de qué año sea. Siempre pasa lo mismo: la gente tarda tres segundos en recordar dónde se hizo y veinte minutos en comprobar quién estaba y quién todavía tenía pelo.
Hay algo que me llama la atención cada verano. Creemos que esperamos las fiestas. Pero no es del todo cierto. Lo que esperamos es volver a una versión de nosotros mismos:
Al que tenía 18 años.
Al de los amigos de siempre.
Al que todavía sabía ilusionarse por algo que aún no había ocurrido.
Porque hay una edad que desaparece del DNI, pero nunca termina de marcharse de Santa Ana.
Por eso la ropa blanca nunca es solo ropa. Te la pruebas y descubres dos cosas: que ya no te queda igual y que, por primera vez en mucho tiempo, eso no es la noticia importante.
La neurociencia sabe que la anticipación activa muchas de las mismas redes cerebrales que la propia experiencia. Por eso las fiestas empiezan mucho antes de empezar. Y entonces llegan los recuerdos, las conversaciones y ese mensaje inevitable: «¿Os acordáis de aquel año...?».
Quizá ese sea el verdadero milagro de Santa Ana, que durante unos días nadie es jefe, autónomo, médico o camarero. Solo tudelano. Las Fiestas no nos convierte en alguien diferente, nos devuelve a casa, y esa casa, querido lector, no es un lugar, es una forma de sentirnos.