Hay una diferencia enorme entre llevar un cargo y cargar con él.
Desde fuera parecen exactamente la misma cosa. Solo descubrimos que no lo son cuando alguien anuncia que se marcha. Entonces hablamos de elecciones, de pactos, de aciertos, de errores o de quién ocupará su lugar. Yo, sin embargo, siempre me hago otra pregunta: ¿qué le ha pasado por dentro durante todos estos años?
Esa pregunta volvió hace unos días al leer la entrevista que en prensa se publicaba con Eneko Larrarte anunciando que dejaba la política municipal. El titular era potente: «Es posible un cambio de gobierno en Tudela; es decidir entre democracia o populismo». Cada uno lo leerá desde el lugar en el que vote. Yo me quedé con otra frase, mucho menos llamativa: reconocía que estaba agotado. Y pensé que hace falta bastante más valentía para admitir el cansancio que para posar serio en un cartel electoral mirando al horizonte. Una costumbre política que nunca he terminado de entender. Debe de haber algo hipnótico en ese punto del infinito, porque todos acaban mirando exactamente hacia el mismo sitio.
Entonces recordé la primera vez que lo vi. Fue durante la campaña de 2015, en un acto organizado por la AER. Confieso que fui sin demasiadas expectativas. Al fin y al cabo, era otro candidato presentando un programa. Promesas, proyectos y ese optimismo de campaña que desaparece con la misma rapidez con la que se retiran las farolas electorales. Pero aquella tarde ocurrió algo extraño. No recuerdo apenas lo que dijo. Recuerdo cómo lo decía.
No hablaba como alguien que intentaba convencer. Hablaba como alguien que estaba convencido. Y esa diferencia, en política, es inmensa. Transmitía la sensación de creer de verdad en aquello que defendía. Una honestidad que, precisamente por escasa, llama la atención.
Años después volví a verlo, ya después de su etapa como director general de Vivienda. Había algo distinto en él. Algo más gris. Y no me refiero al pelo. No es una crítica. Es una observación.
Marco Aurelio escribió que «el alma se tiñe del color de sus pensamientos». Yo sospecho que también se tiñe del peso que soporta cuando lleva demasiado tiempo sosteniendo responsabilidades. Tenemos una costumbre curiosa. Admiramos a quien sostiene. Al que nunca falla. Al que siempre está. Al que parece poder con todo. Hasta que un día deja de hacerlo. Entonces decimos que ha cambiado. Quizá no. Quizá simplemente llevaba demasiado tiempo cargando con aquello que todos los demás solo veíamos como un cargo.
Yo me quedo con otra pregunta. No sé qué lugar ocupará Eneko Larrarte en la historia política de Tudela. Eso lo decidirán otros. Yo me quedo con algo mucho más sencillo: recordar que detrás de cualquier cargo siempre hay una persona porque ¿Cuántas personas admiramos por todo lo que sostienen... sin preguntarnos nunca quién las sostiene a ellas?