Opinión

Diez personas inteligentes y once opiniones

¿Puede un grupo de personas inteligentes tomar, juntas, decisiones bastante tontas? Si alguna vez han salido de una reunión pensando que allí había diez personas inteligentes... y ninguna decisión inteligente, ya saben de qué hablo.

Hay escenas que en Tudela y su Ribera se repiten con la puntualidad de las fiestas patronales. Juntas a diez personas con ganas sinceras de mejorar las cosas y, media hora después, hay once opiniones, dos conversaciones cruzadas, tres grupos de WhatsApp y alguien proponiendo crear una comisión. Nadie ha venido a imponer nada. Lo curioso es que casi todos quieren sujetar el timón.

Basta asistir a una reunión sobre comercio, turismo, agricultura o cualquier proyecto colectivo. Los primeros diez minutos hablamos de colaborar. Los siguientes veinte, de cómo deberían colaborar los demás. Nos encanta remar juntos. Siempre que el remo lo lleve uno mismo.

Y, sin embargo, casi todos soñamos con lo mismo. Una Tudela y una Ribera donde haya trabajo, donde el comercio tenga pulso, donde el campo siga siendo futuro y no solo recuerdo, donde nuestros hijos puedan quedarse porque quieren, donde quien venga tenga ganas de volver.

Un conocido estudio de Harvard sobre equipos de alto rendimiento llegó a una conclusión poco intuitiva: los equipos que mejor funcionan no son necesariamente los que reúnen más talento, sino los que comparten con mayor claridad un mismo objetivo. Parece una obviedad... hasta que nos sentamos alrededor de una mesa.

Quizá llevamos demasiado tiempo confundiendo compromiso con insistencia. Creemos que comprometernos con Tudela y su Ribera consiste en defender nuestra idea hasta el final. Tal vez consista en mejorarla con la del vecino.

Séneca escribió que «no hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige». Quizá por eso hay días en los que todos remamos con una energía admirable... pero cada uno hacia un Ebro diferente. Y aquí va una pregunta incómoda: Si dentro de veinte años Tudela y su Ribera siguen exactamente igual, ¿de verdad podremos decir que nos faltaron ideas... o tendremos que reconocer que nos sobraba la necesidad de tener razón?