Opinión

La costumbre: Ese invento que consigue que dejemos de ver lo extraordinario

Hay algo fascinante en la capacidad humana para acostumbrarse a las cosas. Nos acostumbramos al ruido de una calle, al olor de una casa, al sonido de una nevera y hasta a las personas que más queremos. Lo extraordinario tiene una curiosa tendencia a convertirse en paisaje.

Quizá por eso resulta tan llamativo que, mientras muchos riberos seguimos convencidos de que lo interesante está en otra parte, Navarra continúa batiendo récords de visitantes. Miles de personas recorren cada año cientos de kilómetros para conocer lugares como Tudela, las Bardenas o la Ribera. Lo que para algunos es un destino, para otros es simplemente el camino de vuelta a casa.

Y ahí aparece una contradicción bastante divertida.

Somos capaces de pasar horas defendiendo la calidad de nuestras verduras, la gastronomía, las fiestas, el carácter de nuestra gente o la belleza de determinados rincones de Tudela y la Ribera. Pero basta con que llegue agosto para que muchos pensemos que la felicidad está exactamente a tres provincias de distancia.

Lo curioso es que muchas veces no reconocemos el valor de una experiencia hasta que alguien le pone una etiqueta atractiva, una campaña de marketing y un precio que obliga a consultar la cuenta corriente dos veces antes de reservar.

Mientras tanto, en Tudela seguimos intentando encontrar sombra en las piscinas municipales. Hay quien asegura haberlo conseguido. Personalmente, lo considero una leyenda urbana que compite directamente con los avistamientos de ovnis y las dietas que empiezan un lunes y terminan un lunes.

El filósofo Arthur Schopenhauer observó que las personas pasamos gran parte de nuestra vida oscilando entre el deseo de conseguir algo y el aburrimiento de haberlo conseguido. Quizá no iba tan desencaminado.

Los sistemas suelen funcionar razonablemente bien hasta que confunden el medio con el fin. Antes las vacaciones servían para descansar y acumular recuerdos. Ahora, en ocasiones, parece que sirven para demostrar que hemos estado de vacaciones. La diferencia es pequeña, pero sobre ella se han construido industrias enteras. Cuando una sociedad convierte los privilegios en expectativas, la capacidad de sorprenderse se encarece. Lo que para nuestros padres era extraordinario se convierte en normal. Y lo que ayer parecía un lujo hoy apenas llama nuestra atención.

Quizá la costumbre sea el sistema más eficiente que ha inventado la naturaleza, consigue que dejemos de valorar aquello que ayer deseábamos y que empecemos a perseguir aquello que mañana volveremos a normalizar. Hay algo fascinante en esa paradoja: cuanto más éxito tenemos resolviendo problemas, más rápido aparecen otros nuevos ocupando su lugar. Como si la satisfacción fuera el único objetivo que retrocede cada vez que creemos alcanzarlo. Y entonces surge la pregunta incómoda. Si la costumbre actúa como una especie de impuesto invisible sobre la felicidad, reduciendo el valor de todo aquello que permanece demasiado tiempo en nuestra vida, ¿qué estamos dejando de ver exactamente en aquello que ya tenemos?